36, 135 noches contigo.

treintaseis mil

      Sólo tú conviertes el piso de nuestra habitación en flores que llevan nuestros nombres, y en donde bailamos descalzos los cantos que la luna, en delirios de nocturnidad, nos suelta de par en par. Provocas que los velos sedosos de tu pasión aprisionen mis besos al compás de tus olas y de tu amar. Sólo tú pintas con acuarelas nuestro techo, transformándolo en el cielo de nubes perfectas que forman siluetas amantes, con constelaciones que nacen para escribir tu nombre al derecho y al revés. Logras que el bambolear de tu cintura se acople en armonía con la mía, creando una canción que silbes con el gemir de tu vientre. Sólo tú entregas en miel el sabor de tus ojos, para permitirme soñar con ellos cuando no te veo. Cada día me entrego a ti, con el sol de medianoche que se posa sobre nuestras sábanas. Sólo tú caminas por el sendero de velas que dejo encendidas para que llegues a mi boca, la cual vibra acelerada cuando te piensa y te nombra. Sólo tú trepas ardorosa por nuestras paredes, cuando húmedas palabras en susurros sueltan tus perfumes de reina, recibiéndome suavemente con tus labios entreabiertos al sur de tu templo corporal.

.

Published in: Sin categoría on 1 enero, 2013 at 14:36  Dejar un comentario  

Corazón con nombre.

En la luna llena del sol de ayer
y sobre las arenas al norte del olvido;
en “(Just like) Starting over” cantada por Lennon
y en sueños durmiendo sobre el heno.
En cada lugar,
tu nombre es mi emoción.
En cada momento,
tu nombre es mi canción.

Bajo las alas de un humilde soliloquio,
la lluvia empapa con dulzura
las cartas de mi alma sin coraza,
tan sólo con los sonidos trazados
de mil besos deshojados.
Pécame, tentación. Muérdeme, corazón.

Tu mano, tu lengua en mi piel;
mis días amaneciendo en tu voz, mi bien.
Sábanas que se despliegan por ti y por tu arte,
con noches que se recogen
para poder añorarte.
Beberte. Besarte. Nadarte.
Escribiendo en un mar de rosas,
todas revoltosas,
las espinas de tus vueltas
y de tus idas.
En cada paso,
tu nombre es mi devoción.
En cada respiro,
tu nombre es mi corazón.

.

Published in: Sin categoría on 29 julio, 2012 at 21:17  Comentarios (2)  

Rocket man.

      Es la belleza del infinito; el saber que estoy en medio de la nada e inmerso en el todo. Me acerco a la ventanilla y veo a esa dama celeste, perfecta en su movimiento que parece quietud, como un murmullo entre el silencio. Cierro los ojos y alucino escuchando las voces que habitan en ella, a través de la distancia. La Tierra sigue bailando, con sus sismos y mareas, con su rotación y traslación: cómoda, grácil e impávida ante el cosmos, sin que algo interrumpa su lento andar. Reconozco sus formas y mares; bajo la luz prestada del sol, me muestra medio rostro, con sonrisa de continente despierto. Me quedo inmóvil, ingrávido y apasionado de esa masa latente de vida, aire y luz que veo cada día desde que soy “la sardina dentro de una lata lanzada al aire”, como me bromeaba Ella antes de mi partida  a este viaje.

   La soledad de ocho meses en esta nave me ha acostumbrado a hablar en voz alta para hacerme compañía, coqueteando con la locura. Aparte de las distintas tareas diarias que tengo que realizar, como parte de este experimento de “aislamiento en el espacio” que me encomendaron, tengo mucho tiempo libre, como es lógico. Dibujo mucho, duermo poco, releo lo que traje para leer y canto a todo grito las canciones que reproduzco una y otra vez. He llegado a interpretar, de memoria, todos los personajes que escribió Shakespeare para su “Coriolanus”; he logrado desmenuzar los distintos niveles vocales e instrumentales de la discografía completa de The Beach Boys; y confieso que, al quitarle el audio a “Lawrence de Arabia”, puedo repetir todos los diálogos que hay en la película a la perfección.

     Son ejemplos de mi cotidianidad aquí. Pero mi momento favorito sigue siendo ver el planeta allá a los lejos, sintiéndolo más cerca, más rebelde, casi llamándome, provocando mis deseos de regresar lo más pronto posible. Hay instantes en donde siento mi piel calentarse con el simple pensamiento de tenerla a Ella en mis brazos, sobre nuestra cama. Estos pensamientos suelen llegar a mí momentos antes de quedarme dormido, con la mirada fija en otra ventanilla de esta nave, aquella que me muestra a la Luna, con su palidez y serenidad. La observo hasta sentir el cansancio en mis párpados, listo para caer en sueños terrenales, mientras canto en susurros la misma canción cada noche: “ I’m a rocket man… Rocket man! (… and I think it’s gonna be a long long time).”

.

Published in: Sin categoría on 4 julio, 2012 at 17:49  Comentarios (4)  

Collage.

     Estoy en la sal y en la arena; en la cal y en la pimienta. En el epicentro del sismo, en los rayos y truenos de la calma y en unos ojos para desvestir el alma. Estoy acodado en uno de los balcones del patio de la cartuja, cerca al puente, silbando y lloviendo. Estoy en los anillos que su piel besó y lanzó al olvido; en las lunas del zodiaco y en las nieves del largo verano sobre Invernalia. En el trinar del atardecer, en mis laberintos sin esquinas y en cada canción de The Beatles… here, there and everywhere. Estoy en los abecedarios de besos que se entregan con lo capicúa de lo palíndromo, que nunca es esdrújulo.  Estoy en el ir y venir, en el Big y en el Bang, en el to be or not to be. Estoy en la feria de primavera, en el gol de un partido aparte, en ciento cuarenta caracteres que nadie lee y en los campos de Minas Tirith, tras la batalla. En los escritos enumerativos de mi desquicio, en los poemas asonantes, en los cuentos sin título o en los sonetos asimétricos del delirio. Estoy en Barranco, a trancas y barrancas, con sombrero en mano y pisco sour en los labios. Estoy en las cascadas del deseo, en la Puerta del Tannhäuser, en la tinta amarga del corazón en remodelación, y bajo el cielo de neón de la recordada Place Pigalle, petite fille de la mer. En el búho que me gana por dentro, en la luna que me canta y en la lira que se calla. Estoy a tu lado, arriba y abajo, alado y amado; en los serpentinos escondrijos de Palermo Viejo, con aroma a octubre; y a la vuelta de la esquina o bajo el dosel de una mirada esquiva. Estoy en las películas que me alimentan, en los libros que me abrigan y en el amor que me cura. Estoy a un paso de cercanías. Estoy a un vuelo de unos brazos que me esperan. Estoy en la montaña rusa de mil ideas. Estoy por aquí, por allá y por acullá. Pero siempre estoy.

.

Published in: Sin categoría on 15 junio, 2012 at 13:17  Comentarios (4)  

Mujer poema.

        Y se inicia el soneto, sin métrica y vestido de canto, con la prosa que se acomoda como piel en el manto; siendo tu luz mi norte, mi centro y mi sendero: el calorcito que abriga cada una de mis venas, en las malas y en las buenas.

     La belleza de tus manos, moldeadoras de sueños palpables, dedos como pétalos de seda palpitantes, convirtiéndose en castañuelas bailadoras cuando dibujas danzas en el viento, flor de mayo y de todos los meses del año.

       Y tus ojos: mar y cielo calmo de mis días, de donde bebo los besos que me parpadeas, en donde veo las caricias que me aleteas; los dos soles azules de tu rostro que están siempre a mi lado, iluminando el camino que me lleva a tu lado.

     La belleza de tus labios, carne húmeda con vida propia, suave color que morderé delicadamente al son del bolero, el mar y la noche. Todos tus labios, todos. Piel serena que al nombrarme me excita, con tu voz de mil colores que me pone en calores, dulce de cuatro estaciones.

    Y tu alma: tan palíndroma como mágica, tan fosforescente como alada, la cual mi alma ama de alba a alba. Grow old along with me, the best is yet to be

      La belleza de tu corazón, que para este duende del sur es la brújula del barco que construimos con lo nuestro, dentro de ese reino floreado con las palabras que nacen de tus latidos, hija del arcoíris.

      Porque siempre descubro una nueva belleza en tu belleza. Porque eres quien cuida mis sueños, mis letras, mis deseos, mis minutos, mis alas, nuestras canciones, sabiendo que eres la parte más importante de todo ello. Porque eres mi mándala, mi faro y el ying de mi yang. Porque quiero dormir en tus cabellos rebeldes, traviesos y dorados hasta que sean plateados.

    Porque quiero ser el hombre de tu vida, para zambullirme y pescar las estrellas que convertiré en corales para hacerte collares. Porque tengo un anillo que heredé únicamente para volverse inmortal en tu dedo. Porque mi corazón escafandrista rasguñará toda la profundidad de un océano para poder llegar a tus orillas. Porque deseo ser quien te dé el beso de buenas noches hasta el último segundo de mi vida. Porque por ti toda espera se hace corta y vale la pena. Porque toda la poesía del universo la veo en tus ojos cada día.

.

Published in: Sin categoría on 21 mayo, 2012 at 20:39  Dejar un comentario  

La funambulista y el colombófilo.

La noche entró en puntitas de pie por la ventana, serenamente. Eran las horas finales del año y Aristóteles Tapasol prefería pasarlas sentado en su mesa acompañado por su té oriental que le calentaba los huesos. Durante aquella tarde, el encorvado pintor, que recién comenzaba a ser reconocido por su obra en los círculos adecuados, había terminado de pintar dos cuadros que fue creando a la misma vez, uno junto al otro. Desde el principio tuvo clara la idea de pintar a los dos personajes por separado, para más adelante juntarlos en un cuadro más grande, como si estuviera creando la historia de un encuentro. Lástima que esa tercera pintura jamás llegaría a realizarse, pues el corazón de Aristóteles Tapasol se encaprichó en querer sorprenderlo y anunciarle que sólo tenía ganas de latir hasta aquel momento, no más.

          La Funambulista” mostraba a una mujer vestida en rosa quieta en medio de una cuerda cuyo inicio y final no se incluía dentro de la pintura. Con sus brazos levantados a los lados, como formando una cruz al viento, tenía un pie delante y pegado al otro. La altura en la que se encontraba no estaba determinada, pero en un segundo plano, detrás de ella, se observaba toda una ciudad de techos de dos aguas, rojizos en su mayoría, que se extendían en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista (detalle que sería admirado en adelante por los entendidos en el asunto), y bajo un cielo color pera que se veía mínimamente en la parte superior. Cuando este cuadro quedó huérfano de autor, estuvo en el taller casi dos años, junto al otro, hasta que una tarde llegó el mejor amigo de Aristóteles Tapasol para llevárselo, al igual que otros cuadros más pequeños, a su casa. Este hombre, reo del alcohol y de unos dados bailando en su mano, apostó la pintura una década después, entregándola a regañadientes al dueño de un restaurante, quien colocó la imagen en la pared más vistosa de su local. Una noche de noviembre, un general del ejército nacional, amante del arte, reconoció el monograma con el cual firmaba Aristóteles Tapasol en el cuadro que colgaba detrás de la mesa donde estaba cenando. Luego, llegó a tener noches en las que no dormía pensando en “La Funambulista”, deseando tenerla en su colección de todas maneras. En aquellos delirios nocturnos planeó una propuesta para hacerle al dueño del restaurant, pero éste, al negarse regalar o vender la pintura, provocó que el general moviera influencias para embargar el restaurante por motivos nada claros, logrando hacerse dueño del cuadro. La mañana del día en que moriría, el enfermo general repartió sus bienes entre sus dos hijas, delegando que la menor de ellas recibiera “La Funambulista”, pues desde niña siempre estuvo encariñada con la imagen, al punto de haber aprendido a caminar sobre cortos tramos de cuerda a temprana edad.

      Otro camino tuvo “El Colombófilo”. La imagen presentaba a un hombre sentado en el suelo rodeado de ciento veintitrés palomas perfectamente pintadas en detalles, y que cubrían toda la extensión del lienzo, sin dejar espacio en blanco; la pintura sólo estaba en dos colores: el verde olivo y el amarillo suave, que jugaban con la luz y con la sombra. Cuando el amigo de Aristóteles Tapasol entró al taller de éste luego de su muerte, se llevó muchas pinturas, pero dejó la del hombre y sus palomas. El cuadro estuvo allí casi un año, hasta que gente encargada de la ciudad recogió todas las demás pertenencias del pintor y las almacenó; durmió quieto en aquel lugar durante casi  cincuenta años, hasta que el viento se lo llevó, literalmente. La ciudad conoció aquella vez al único tornado que se vio por esas tierras en toda su historia, haciendo que la pintura se elevara por los arremolinados aires hasta caer sobre una casa a media capital de distancia; finalmente fue recogida por un joven y albino historiador, quien se llevó el cuadro a su casa, reconociendo rápidamente la mano de Aristóteles Tapasol en sus formas y colores. Un par de años después, el profesor y escritor  de historia universal conocería a una colega de la universidad donde enseñaba, la cual invitó una vez a conocer a “El Colombófilo” en su casa. Ambos se rieron  por varios minutos cuando ella le confesó que también tenía una pintura del mismo artista en su hacienda. Los dos profesores se casaron al año siguiente, y los dos cuadros estuvieron bajo el mismo techo, pero en distintas habitaciones.

        Así fue como el historiador de fantasmal apariencia bautizó a las pinturas como “La Funambulista” y “El Colombófilo”: nombres que inicialmente fueron utilizados únicamente para presentarlas a  quienes querían conocerlas, y que luego se quedarían inscritas en la historia de tal manera. Fue su esposa quien lo convenció, al cumplir setenta y cinco años de casados, que era momento de donar las pinturas al museo nacional, lo cual se convirtió en un suceso cultural en el continente.

           En un amplio ambiente lleno de luz, juntaron, por primera vez luego de más de cien años, los cuadros; y por vez primera también se encontraron cara a cara, lienzo a lienzo, conociéndose. Nunca se pudo cumplir el deseo de Aristóteles Tapasol de juntar los dos personajes en un mismo cuadro, pero al menos ambas pinturas estaban mirándose en el salón principal del museo, listos para vivir una nueva eternidad, a vista de todos.


Published in: Sin categoría on 21 abril, 2012 at 16:48  Dejar un comentario  

Tesoros que tengo.

Tengo historias que quieren vivir en papel, anillos de amor que acarician mi mano y una novia que me permite volar junto a ella cada día, aún en tormentas. Tengo un roble centenario con quien comparto sangre, reverdeciendo por dentro con cada latido. Tengo noches con noctilucas en el cielo y estrellas en mi mar, el sol de un imperio andino en mis venas y mis martes que siempre deberían ser jueves. Tengo los cuatrocientos golpes y los treinta y nueve escalones de un séptimo arte, y mil canciones para besártelas en la península de nuestra cama. Tengo el tesoro para el rescate de Atahualpa, un Puente de los Suspiros para cruzarlo contigo y una cascada de flores amarillas sobre Macondo. Tengo los cajones de Dalí, las peras y manzanas de Cézanne y jazmines para tu pelo viendo las rosas de tu cara. Tengo una almohada que sueña lo que quiero. Tengo boleros en la boca para cruzar océanos. Tengo mis vocales besando la tuyas. Tengo a mi madre con la sazón del paraíso y a mi padre sumando doctorados. Tengo a mis hermanos, a quienes acompañaría hasta los mismísimos fuegos de Mordor si fuera necesario. Tengo la Rickenbacker de Harrison musicalizando la prosa en esta gris ciudad. Tengo en el corazón, tatuado con escarcha, un “Sólo Tuyo” que es sólo tuyo. Tengo el cóndor que siempre pasa. Tengo arpas iluminando mi interior con cada toque de cuerda. Tengo esta lluvia de primavera que se disfraza de otoño para invernar su verano. Tengo mis ojos que escriben las sensaciones de mi piel del sur. Tengo a los dioses apostando a las cartas en medio del vino. Tengo a Destino, juguetón hermano, siempre de mi lado.

.

Published in: Sin categoría on 3 noviembre, 2011 at 23:01  Comentarios (1)  

La hija del arcoíris en el blanquinegro mundo mío.

Había una vez, al derecho y revés, un hombre que creó a pulso, sobre un mundo en blanco, un pueblo únicamente con la ayuda de su lápiz. Con el pasar del tiempo, campos, montes y animales hechos con trazos de grafito fueron apareciendo en este mundo a blanco y negro.
Pero una mañana, también monocromática, cogió el lápiz que siempre llevaba colgado en el cuello y formó las ondulantes líneas de un río entre los campos de pinos dibujados en recientes días anteriores. Se sentó bajo la sombra en carboncillo de uno de los árboles y trató de atrapar un ligero sueño, luego de comerse las manzanas que había dibujado con paciencia, hambre y cariño. Sus ojos se le cerraban en el momento exacto que dos pequeñas aves se posaban cerca de sus pies. Esta sería una escena común en su vida si no fuera porque una de las aves lo paralizó y maravilló al punto de sentir un sabor dulce en la boca, junto con una agradable curiosidad que lo estremeció. El hombre miró cómo el pájaro más pequeño tenía una tonalidad distinta, no era ni blanco ni negro; el hombre no sabía que lo que estaba viendo era un color llamado amarillo, pero sí sabía que alguna vez soñó con algo parecido. Ambas aves tomaron vuelo a la vez, y el hombre, aún dentro de su fascinación, logró escuchar una voz de brisa que venía desde los pinos más lejanos. Se levantó y apresuró el paso, siguiendo esa ruta imaginaria que le iba marcando aquel sonido hipnotizante. Llegó un momento en donde sintió el sonido más claro y fuerte, haciéndolo girar hacia su derecha para encontrarse con alguien  a quien él no hubiera podido dibujar tan perfecta ni con la mejor habilidad posible. Era una mujer que parecía suspenderse por sobre las líneas del campo, con cabellos que soltaban pequeñas luces y un vestido de flores que bailaban con sus movimientos. Oculto tras un árbol, el hombre observó cómo la mujer seguía cantando melodías mientras pintaba unas flores de gran tamaño con los lápices de colores que llevaba en todo su cinturón. Pero como ocurre en este tipo de historias, el corazón del hombre descubriría su capacidad de agitación cuando la mujer, sin aviso alguno, giró el rostro y le clavó la mirada y la sonrisa de picardía al hombre que parecía haberse petrificado tras el árbol. Segundos después, la mujer desaparecía en el aire, durante un parpadear, dejando a medio pintar una de aquellas flores.
El hombre regresó cabizbajo y pensativo a su cabaña de nueve ventanas, sin poder quitarse la imagen de la mujer, la cual intentó varias veces reproducir con su lápiz, sin lograrlo. Al día siguiente, descubrió el verde cuando caminaba por la ribera del río y se encontró a uno de los pinos resaltando del resto, con verdadera vida ahora que llevaba ese color en sus hojas. Otro día, en su permanente deseo de encontrarse nuevamente con la mujer, se cruzó con un caballo que latía todo su azul en cada tranco de su correr.
Una mañana de aquellas, el hombre despertó al sentir una sensación extraña sobre sus ojos; al abrirlos, se emocionó al ver que una luz fuerte y viva ingresaba a su cabaña por las ventanas. Abrió la puerta con rapidez y levantó su mirada al cielo, descubriendo un gran círculo amarillo, brillante, difícil de ver por varios segundos de manera fija y directa. Paseó la mirada por todo su rededor y fue testigo de cómo todo era mejor con esa luz. Hubiera seguido maravillándose ahí de pie, pero escuchó un canto que venía del interior de la cabaña; el hombre reconoció la melodía, con expectación y pasos cortos fue ingresando a su hogar. En uno de los rincones, la mujer con vestido de flores multicolores estaba sentada en una silla, con la misma sonrisa de travesura hecha. “Dibuja un espejo, para que puedas ver el color que le he puesto a tus cabellos mientras dormías“, dijo la mujer mientras miraba al hombre soltar una acariciable risa que mostraba sus dientes en alegría. Así ambos conocieron sus sonidos, sus colores y sus formas.
Desde aquel momento de mutuos descubrimientos, el hombre supo lo que quería para el resto de sus días: vivirlos al lado de esa traviesa princesa multicolor y verla pintar su mundo y su vida.

(Porque dibujaré tu corona cada día, reina mía.)

.

Published in: Sin categoría on 2 octubre, 2011 at 15:48  Comentarios (4)  

ReclÁmame, Lady Love.

   Por donde vaya y por donde lea, siempre me encuentro con la sentencia aquella que me recuerda que uno escribe, principalmente, para que lo quieran. Y con el pasar de los años y las letras recorridas, esa condena del querer me quema la piel, logrando que caiga en la cuenta que, para bien o mal, es cierto.

   Seguiré escribiendo cartas a la luna, a las hadas que se esconden y a los trinos que se callan. Seguiré vistiendo con las letras de la añoranza, las cuales dejan huellas en el cuerpo y en las (p)almas. Continuará el andar de mis cuentos antes de desaparecer en cualquier momento, sin aviso alguno. Lloraré rimas y besaré cantos; bailaré siendo el no poeta que no te poeme la vida. Y con la caligrafía del deseo, te digo: reclámame todo lo que quieras, pausadamente en mi mente. Reclámame las palabras que lanzo al caprichoso viento únicamente para que lleguen a tu cama. Reclámame como lo hiciste ayer, hoy u otro día, como loca sabinera, cuando entre querer y querer nos comeríamos a labio partido y compartido. Sígueme la corriente, real y única Lady Love, en la voz de Lou Rawls, pues nuestro delirium nada tremens sigue en pie, incluyendo una pileta frente al hotel del malecón, un cafecito en el pacífico mar y la habitación reservada que nunca nos vio entrar. Tómame de las manos y bébeme el resto del cuerpo, que sólo por ti soy búho en este baile de disfraces, mientras que tú sigues siendo la hija de Venus.

   Soy tuyo aunque sepas que no soy de otras. Eres musa incluso en los momentos en donde olvidas que lo eres. Vino y pasión en las faenas del corazón. Juguetea en mi mente con alevosía y ventaja, con sol y luna del mar en penumbra. Arráncame los celos y fotografíame en blanco y negro, para poder pintarte a besos bajo lo gris de este cielo que te nombra. Tanta agua bajo el puente y nosotros aún cruzándolo juntos. Reclámame lo que desees, pues es tu derecho y es mi izquierdo, cause I’m leaving on a jet plane. Esto es una locura, pero por lo alunados que andamos cuando andamos juntos, es impajaritable. Mejor para nosotros, peor para el sol, mi Lady Love.

.

Published in: Sin categoría on 28 agosto, 2011 at 21:12  Comentarios (5)  

Tus seis pala6ras

/ Arráncame del sueño, día de nocturnidad, /

/ mientras recito “Farewell y los sollozos“, /

/ con tu rostro, tan azul miel, /

/ dentro de nuestro jardín real maravilloso. /

/ Amante reino nuestro, mar de nubes, /

/ un cielo de tiramisú al atardecer, /

/ con campos salidos de cuadros impresionistas, /

/ y noches nuestras de abisal humedecer. /

/ Corazones de harina de maiz salada, /

/ en labios palpitantes de reina alada; /

/ mójame recorriendo a mano, a quemarropa, /

/ mis líneas del cuerpo como mapa. /

/ Arráncame del vuelo, muñequita de felpa, /

/ el colibrí y la flor abrazados, /

/ en capicúas y palíndromos besos enredados, /

/ leen las palmas de sus cartas. /

/ Subiremos la cima de tus cataratas, /

/ con muchos globos sosteniendo nuestro castillo, /

/ y con luz amorosa me permitas /

/ ser El Señor de tus Anillos. /

/ Aquí, allá, here comes the sun. /

.

Published in: Sin categoría on 28 julio, 2011 at 16:12  Comentarios (4)  
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.