Susurro al oído, breve y nocturno.

Susurro AA  Elijo los besos secretos de la noche, francófonos en la locura del paso a paso dado con los años, midiendo labios. Decido regalarte un eclipse lunar en los universos de tu espalda, con el vestido de madrugada y en truenos; susurrarte “Lay Lady Lay”, de Dylan, al oído de tu corazón, con el estribillo en latidos de poemario. Y con las treinta y dos rosas tatuadas, y espinadas, que llevas en tu cintura, comernos el éxtasis sin dejar sobras; y no olvidarnos que a la luz de las sombras, las caricias de cualquier invierno siempre son primavera. Musa de melena solar, con el par del impar siempre en la boca y el trinar de las horas en tus vientos, dama de la lluvia en cariñitos. Dánzame más besos, pomme caramélisé. Rima tus ojos de hierba quieta, expertos en besar a duermevela, fluorescentes al gemido del candor que se aluna y, sabiéndote oportuna, coronarte como dueña de mi calma, mi amor y mi cama.

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Published in: Sin categoría on 28 marzo, 2014 at 21:43  Comentarios (2)  

Parlez-moi d’amour

Aglaia diciembre 2013

  La flor del sol que beso cada día tiene sus sinceros cabellos naranjas como pétalos al viento, los cuales se encienden en deseo cada vez que se los acaricio. Las pecas de su rostro me marcan las jugadas de su boca, en el ajedrez apasionado de nuestros besos, con sus manos arrinconándome hacia su lengua. Así, sin tregua.

   Ella extraña el Sena durante las cenas, mientras que a tempranas horas se escapa para cabalgar las olas de este mar del sur, subida en la tabla rosa que diseñó con el arte de su lucidez. Todas las revoluciones de su tierra las lleva heredadas en la sangre, haciéndome la guerra en el amor sobre las sábanas de lino anochecer. Y las uvas verdes de su mirada vuelven impresionistas los cuadros de la vida, pincelando con los colores de su voz cada rincón. Nos conocemos de memoria y nos descubrimos cada segundo, como dicta la razón del amar. Altiva y serena, manzana mordida del pecado, tangómana sin pudor que me desnuda las palabras con su acordeón.

  Hace diez años, en la génesis de nuestro beso que se reinventa, ella me enseñó los secretos de sus laberintos trilingües, los cuales se iluminan hasta el centro mismo de su locura. Princesa del sarcasmo con quien ahora reescribo nuestra historia a cuatro manos, en la segunda oportunidad que el desquicio del corazón se empeña en darnos.

   Ahora mismo mi dama transoceánica está durmiendo junto a mí y sobre sus cuatro almohadas, con el rostro de sabiduría aventurera y sus manos dibujando cada sueño, sabiendo que este escribidor se encuentra a su lado acompañándola, pero sin sospechar que dentro de algunos minutos leerá este escrito acerca de ella.

(Para ti, amor de locura.)

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Published in: Sin categoría on 25 octubre, 2013 at 21:41  Comentarios (5)  

Universos de cemento

Universos

       Cada noche, azules visiones que me llevan a tenerlos enmarcados en varias historias que no salen de aquellos cuadros de metal y vidrio que los muestran. Los veo a lo lejos, separados por el asfalto y el aire de un tiempo en pausa.

     En las últimas horas del día, la muchacha de doble trenza se sienta a tejer en crochet, y en las recientes noches enreda sus dedos con hilos violetas en el octavo piso. El gordo de barba espesa remoja en agua caliente su fría personalidad, empañando el vidrio de su privacidad en la segunda ventana de la tercera planta. Pobre pareja de pintores principiantes que se pelean cada noche, lanzándose pinceles y agravios en el acústico rencor del dormitorio. En la azotea, diario concierto de armónica ofrece el viejo de piel canela a la luna que a veces se oculta de él. Ventana del extremo izquierdo y la señora de cano ondular en los cabellos coloca algún disco que le regrese el querer que la dejó hace casi un año: baila sola en la penumbra, con luz de farol nocturno ingresando entre sus cortinas blancas. La muchacha que sólo viste de verde; el joven que se desgañita escribiendo cartas bajo los efectos de la inspiración callejera; las gemelas que cocinan postres merengados, endulzando compañía; el hombre acodado en la mesa de su cocina mientras fuma sus recuerdos. Y una mujer con prismáticos que dirige su atención hacia mi propia vida.

    Cada noche, azules visiones que la llevan a tenerme enmarcado en sus prismáticos. Pero… ¿quién es esa mujer que me está mirando?

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Published in: Sin categoría on 15 octubre, 2013 at 21:46  Comentarios (2)  

Serendipia

cielo estrellado

Baila, lapislázuli amante,
como noche alunada de sur,
como mañanita que alza vuelo
con un beso geoda
callado en la distancia
y en el viento.
Y en el azar de los azahares
que voy sembrando,
tatuarte al sol mis labios
pa’ que no me olvides
en el ronronear de tus sueños,
con la metáfora del corazón a pleno.
Cruzando nuestros destinos
en el crucigrama de los recuerdos,
besando cada letra
que deseábamos escribirnos
(con la lengua)
en nuestros cuerpos.
Canta “Soledad”, Drexler
-junto a Maria Rita-,
y yo le cantaré a la vida
los amores de la buena suerte.

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Published in: Sin categoría on 7 julio, 2013 at 17:04  Comentarios (1)  

Los dulces días (y noches) de Londres Bellaluz.

corazonchocolate

  Quizás predestinada caprichosamente por la vida, Londres Bellaluz lleva el color del chocolate en sus ojos. Desde niña supo que lo suyo serían los hechizos del cacao, en el más dulce de los sentidos.

   En la octava hora de aquel día, ella despertó, como cada mañana, a la vez que su novio,  lista para realizar sus pasiones en el transcurrir de las horas, mientras que él se preparaba para ir a su trabajo de oficina. Se turnaron el uso de la ducha, aunque muchas veces la utilizan juntos, y luego se desperezaron por completo con el café negro, mientras se vestían y se besaban. Ella cogió su bolso junto con el estuche acolchado de su violín, y bajó a la chocolatería que se encuentra en el primer piso, negocio del cual es dueña, artista y creadora.

   La chocolatería, que fue creciendo con el tiempo, mantiene en todo momento el agradable perfume de bienvenida, como bien se lo definían algunos clientes. Al llegar, Londres Bellaluz siempre encuentra a sus ayudantes ordenando todo para iniciar la jornada. Urpi e Irina son las gemelas que la apoyan en la atención al público, abrir y cerrar el local y la limpieza final. En la cocina, reino absoluto de Londres, es asistida por doña Isabella: una mujer que sabe más por diabla chocolatera que por vieja, como le gusta sentenciarse.

   Momento de ordenar los bombones y demás caprichos en sus lugares perfectamente acondicionados; y ver que el chocolate caliente vaya tomando cuerpo para ser bebido junto a los churros que doña Isabella prepara en las primeras horas del amanecer, apenas las gemelas abren el local. Transcurren los minutos y Londres esparce otro chocolate en masa ardiente sobre la fría mesa de granito blanco para temperarlo; luego sus manos jugarán con las pecanas, almendras y frutillas que rellenarán decenas de delicias, pequeñas tentaciones de sabor. Alinear los cubanitos como batallón de manjar, viendo que las trufas más inquietas se rebelen en agridulces sensaciones. Besos de pisco bañados en chocolate blanco, guiños de maracuyá y lúcuma, ron acaramelado en desvaríos de cacao, menta abrazada al bitter más bitter, con una pequeña explosión ácida al terminar su paso por la boca. Londres Bellaluz se permite, cada tanto, pasear por el local y la cocina con el violín, interpretando melodías conocidas para el oído común, principalmente boleros; muchos de los clientes, acostumbrados a esto, siempre terminan aplaudiéndola, posiblemente adivinando que ella lo hace más por pasión musical y relajación espiritual, que por cuestiones comerciales. Luego de tomarse un buen tiempo para verificar números y cuentas siempre a vigilar en todo negocio, marca una sonrisa al darse cuenta que podría ser el momento indicado para extender la chocolatería. Pasado el mediodía, su novio siempre se escapa de la oficina para compartir tiempo con ella: almuerzan juntos y luego, si alcanzan los minutos, realizan a cuatro manos alguna tanda de bombones. Luego lo despide con un beso embadurnado en chocolate. Ya en la noche podrán comerse mutuamente a labio entregado y apasionado.

   Momento del divino chocolate amore mio y del toffee que desea acompañarlo; giandujas amistadas con el mazapán por los colores que comparten; praliné para lenguas que gustan de alborotarse con las estaciones de cada mordida; la fama del ganaché en aquellas trufas del exótico chocolate amazónico que, sin proponérselo, era el único lugar que las hacía en toda la ciudad. En horas de la tarde, Londres Bellaluz recibe a un pequeñísimo grupo de personas para dictar un taller de chocolatería en la parte posterior del local, lo cual sucede tres veces por semana. Aquellas reuniones terminan cuando empieza el cielo de la noche a mostrarse, revisando que muchas cosas de la jornada continúen en orden, confiándoles a las gemelas el resto. Aquel día le tocaba sus clases semanales de música, por lo cual –violín en mano- se fue caminando por calles tan estrechas como la memoria de esta ciudad. El violín es otro placer para ella, dejándose llevar el alma por las cuerdas tensas y las melodías que brotan en lloviznas desde sus sentimientos. Al acabar la sesión, pasaron a recogerla dos de sus mejores amigas para ir a beber algo en el bar ubicado cerca a la plaza principal, con todas esas imitaciones de cuadros impresionistas colgados hasta en el techo.

   En las últimas horas de esa noche, regresó a su loft sobre la chocolatería y abrió la puerta principal de metal con sus llaves amarradas con pabilo rojo; al ingresar, el interior estaba iluminado únicamente por la lámpara que está junto a la cama, al fondo del departamento, mostrando a su novio recostado entre las sábanas. Mientras ella se iba acercando, dejó el estuche del violín en el suelo, su bolso en el sofá y liberó la pañoleta con la que recogía su cabello. Llegó a los pies de la cama y vio cómo él interrumpía su relectura de “Travesuras de la niña mala” para levantar su rostro y entregarle una mirada de sonrisa. “Buenas noches, reina chocolatera”, dijo él, con la voz íntima que confiesa deseo, amor, y rendición. Londres Bellaluz le disparó un coqueto beso alado y, abriéndose la blusa, giró hacia el tocadiscos; con el torso desnudo –que mostraba su esbelta figura de mármol- cogió el disco de vinilo de Bloodstone, para reproducir directamente la primera canción del lado B: “Natural High”.

   La música aumentaba los latidos emocionados y dirigía a Londres Bellaluz hacia la cama, nuevamente. Se retiró la larga falda, despojándose a la vez de toda ropa interior, quedándose desnuda, en la absoluta palidez de su piel. Subió a la cama y se puso de pie sobre las sábanas; le mostró a su novio tres bombones en envolturas plateadas de diferentes colores, haciendo malabarismo con ellos, como acto de circo. Las cuatro voces de Bloodstone continuaban cantando y ella se sentó sobre la cintura de él, encajando perfectamente. Abrió uno de los bombones, lo paseó lúdicamente por sus senos y lo puso en sus propios labios, cogiéndolo delicadamente, para luego llevarlo a la boca de él.

   Al besarse, ella le mordió el labio, excitándolo un tanto más, entregándose ambos –otra vez- a los regocijos de la noche.

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Published in: Sin categoría on 20 junio, 2013 at 17:49  Comentarios (4)  

Corazón con nombre.

En la luna llena del sol de ayer
y sobre las arenas al norte del olvido;
en “(Just like) Starting over” cantada por Lennon
y en sueños durmiendo sobre el heno.
En cada lugar,
tu nombre es mi emoción.
En cada momento,
tu nombre es mi canción.

Bajo las alas de un humilde soliloquio,
la lluvia empapa con dulzura
las cartas de mi alma sin coraza,
tan sólo con los sonidos trazados
de mil besos deshojados.
Pécame, tentación. Muérdeme, corazón.

Tu mano, tu lengua en mi piel;
mis días amaneciendo en tu voz, mi bien.
Sábanas que se despliegan por ti y por tu arte,
con noches que se recogen
para poder añorarte.
Beberte. Besarte. Nadarte.
Escribiendo en un mar de rosas,
todas revoltosas,
las espinas de tus vueltas
y de tus idas.
En cada paso,
tu nombre es mi devoción.
En cada respiro,
tu nombre es mi corazón.

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Published in: Sin categoría on 29 julio, 2012 at 21:17  Comentarios (2)  

Rocket man.

      Es la belleza del infinito; el saber que estoy en medio de la nada e inmerso en el todo. Me acerco a la ventanilla y veo a esa dama celeste, perfecta en su movimiento que parece quietud, como un murmullo entre el silencio. Cierro los ojos y alucino escuchando las voces que habitan en ella, a través de la distancia. La Tierra sigue bailando, con sus sismos y mareas, con su rotación y traslación: cómoda, grácil e impávida ante el cosmos, sin que algo interrumpa su lento andar. Reconozco sus formas y mares; bajo la luz prestada del sol, me muestra medio rostro, con sonrisa de continente despierto. Me quedo inmóvil, ingrávido y apasionado de esa masa latente de vida, aire y luz que veo cada día desde que soy “la sardina dentro de una lata lanzada al aire”, como me bromeaba Ella antes de mi partida  a este viaje.

   La soledad de ocho meses en esta nave me ha acostumbrado a hablar en voz alta para hacerme compañía, coqueteando con la locura. Aparte de las distintas tareas diarias que tengo que realizar, como parte de este experimento de “aislamiento en el espacio” que me encomendaron, tengo mucho tiempo libre, como es lógico. Dibujo mucho, duermo poco, releo lo que traje para leer y canto a todo grito las canciones que reproduzco una y otra vez. He llegado a interpretar, de memoria, todos los personajes que escribió Shakespeare para su “Coriolanus”; he logrado desmenuzar los distintos niveles vocales e instrumentales de la discografía completa de The Beach Boys; y confieso que, al quitarle el audio a “Lawrence de Arabia”, puedo repetir todos los diálogos que hay en la película a la perfección.

     Son ejemplos de mi cotidianidad aquí. Pero mi momento favorito sigue siendo ver el planeta allá a los lejos, sintiéndolo más cerca, más rebelde, casi llamándome, provocando mis deseos de regresar lo más pronto posible. Hay instantes en donde siento mi piel calentarse con el simple pensamiento de tenerla a Ella en mis brazos, sobre nuestra cama. Estos pensamientos suelen llegar a mí momentos antes de quedarme dormido, con la mirada fija en otra ventanilla de esta nave, aquella que me muestra a la Luna, con su palidez y serenidad. La observo hasta sentir el cansancio en mis párpados, listo para caer en sueños terrenales, mientras canto en susurros la misma canción cada noche: “ I’m a rocket man… Rocket man! (… and I think it’s gonna be a long long time).”

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Published in: Sin categoría on 4 julio, 2012 at 17:49  Comentarios (4)  

Collage.

     Estoy en la sal y en la arena; en la cal y en la pimienta. En el epicentro del sismo, en los rayos y truenos de la calma y en unos ojos para desvestir el alma. Estoy acodado en uno de los balcones del patio de la cartuja, cerca al puente, silbando y lloviendo. Estoy en los anillos que su piel besó y lanzó al olvido; en las lunas del zodiaco y en las nieves del largo verano sobre Invernalia. En el trinar del atardecer, en mis laberintos sin esquinas y en cada canción de The Beatles… here, there and everywhere. Estoy en los abecedarios de besos que se entregan con lo capicúa de lo palíndromo, que nunca es esdrújulo.  Estoy en el ir y venir, en el Big y en el Bang, en el to be or not to be. Estoy en la feria de primavera, en el gol de un partido aparte, en ciento cuarenta caracteres que nadie lee y en los campos de Minas Tirith, tras la batalla. En los escritos enumerativos de mi desquicio, en los poemas asonantes, en los cuentos sin título o en los sonetos asimétricos del delirio. Estoy en Barranco, a trancas y barrancas, con sombrero en mano y pisco sour en los labios. Estoy en las cascadas del deseo, en la Puerta del Tannhäuser, en la tinta amarga del corazón en remodelación, y bajo el cielo de neón de la recordada Place Pigalle,  fille de la mer. En el búho que me gana por dentro, en la luna que me canta y en la lira que se calla. Estoy a tu lado, arriba y abajo, alado y amado; en los serpentinos escondrijos de Palermo Viejo, con aroma a octubre; y a la vuelta de la esquina o bajo el dosel de una mirada esquiva. Estoy en las películas que me alimentan, en los libros que me abrigan y en el amor que me cura. Estoy a un paso de cercanías. Estoy a un vuelo de unos brazos que me esperan. Estoy en la montaña rusa de mil ideas. Estoy por aquí, por allá y por acullá. Pero siempre estoy.

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Published in: Sin categoría on 15 junio, 2012 at 13:17  Comentarios (4)  

La funambulista y el colombófilo.

La noche entró en puntitas de pie por la ventana, serenamente. Eran las horas finales del año y Aristóteles Tapasol prefería pasarlas sentado en su mesa acompañado por su té oriental que le calentaba los huesos. Durante aquella tarde, el encorvado pintor, que recién comenzaba a ser reconocido por su obra en los círculos adecuados, había terminado de pintar dos cuadros que fue creando a la misma vez, uno junto al otro. Desde el principio tuvo clara la idea de pintar a los dos personajes por separado, para más adelante juntarlos en un cuadro más grande, como si estuviera creando la historia de un encuentro. Lástima que esa tercera pintura jamás llegaría a realizarse, pues el corazón de Aristóteles Tapasol se encaprichó en querer sorprenderlo y anunciarle que sólo tenía ganas de latir hasta aquel momento, no más.

          La Funambulista” mostraba a una mujer vestida en rosa quieta en medio de una cuerda cuyo inicio y final no se incluía dentro de la pintura. Con sus brazos levantados a los lados, como formando una cruz al viento, tenía un pie delante y pegado al otro. La altura en la que se encontraba no estaba determinada, pero en un segundo plano, detrás de ella, se observaba toda una ciudad de techos de dos aguas, rojizos en su mayoría, que se extendían en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista (detalle que sería admirado en adelante por los entendidos en el asunto), y bajo un cielo color pera que se veía mínimamente en la parte superior. Cuando este cuadro quedó huérfano de autor, estuvo en el taller casi dos años, junto al otro, hasta que una tarde llegó el mejor amigo de Aristóteles Tapasol para llevárselo, al igual que otros cuadros más pequeños, a su casa. Este hombre, reo del alcohol y de unos dados bailando en su mano, apostó la pintura una década después, entregándola a regañadientes al dueño de un restaurante, quien colocó la imagen en la pared más vistosa de su local. Una noche de noviembre, un general del ejército nacional, amante del arte, reconoció el monograma con el cual firmaba Aristóteles Tapasol en el cuadro que colgaba detrás de la mesa donde estaba cenando. Luego, llegó a tener noches en las que no dormía pensando en “La Funambulista”, deseando tenerla en su colección de todas maneras. En aquellos delirios nocturnos planeó una propuesta para hacerle al dueño del restaurant, pero éste, al negarse regalar o vender la pintura, provocó que el general moviera influencias para embargar el restaurante por motivos nada claros, logrando hacerse dueño del cuadro. La mañana del día en que moriría, el enfermo general repartió sus bienes entre sus dos hijas, delegando que la menor de ellas recibiera “La Funambulista”, pues desde niña siempre estuvo encariñada con la imagen, al punto de haber aprendido a caminar sobre cortos tramos de cuerda a temprana edad.

      Otro camino tuvo “El Colombófilo”. La imagen presentaba a un hombre sentado en el suelo rodeado de ciento veintitrés palomas perfectamente pintadas en detalles, y que cubrían toda la extensión del lienzo, sin dejar espacio en blanco; la pintura sólo estaba en dos colores: el verde olivo y el amarillo suave, que jugaban con la luz y con la sombra. Cuando el amigo de Aristóteles Tapasol entró al taller de éste luego de su muerte, se llevó muchas pinturas, pero dejó la del hombre y sus palomas. El cuadro estuvo allí casi un año, hasta que gente encargada de la ciudad recogió todas las demás pertenencias del pintor y las almacenó; durmió quieto en aquel lugar durante casi  cincuenta años, hasta que el viento se lo llevó, literalmente. La ciudad conoció aquella vez al único tornado que se vio por esas tierras en toda su historia, haciendo que la pintura se elevara por los arremolinados aires hasta caer sobre una casa a media capital de distancia; finalmente fue recogida por un joven y albino historiador, quien se llevó el cuadro a su casa, reconociendo rápidamente la mano de Aristóteles Tapasol en sus formas y colores. Un par de años después, el profesor y escritor  de historia universal conocería a una colega de la universidad donde enseñaba, la cual invitó una vez a conocer a “El Colombófilo” en su casa. Ambos se rieron  por varios minutos cuando ella le confesó que también tenía una pintura del mismo artista en su hacienda. Los dos profesores se casaron al año siguiente, y los dos cuadros estuvieron bajo el mismo techo, pero en distintas habitaciones.

        Así fue como el historiador de fantasmal apariencia bautizó a las pinturas como “La Funambulista” y “El Colombófilo”: nombres que inicialmente fueron utilizados únicamente para presentarlas a  quienes querían conocerlas, y que luego se quedarían inscritas en la historia de tal manera. Fue su esposa quien lo convenció, al cumplir setenta y cinco años de casados, que era momento de donar las pinturas al museo nacional, lo cual se convirtió en un suceso cultural en el continente.

           En un amplio ambiente lleno de luz, juntaron, por primera vez luego de más de cien años, los cuadros; y por vez primera también se encontraron cara a cara, lienzo a lienzo, conociéndose. Nunca se pudo cumplir el deseo de Aristóteles Tapasol de juntar los dos personajes en un mismo cuadro, pero al menos ambas pinturas estaban mirándose en el salón principal del museo, listos para vivir una nueva eternidad, a vista de todos.


Published in: Sin categoría on 21 abril, 2012 at 16:48  Dejar un comentario  

Tesoros que tengo.

Tengo historias que quieren vivir en papel, anillos de amor que acarician mi mano y una novia que me permite volar junto a ella cada día, aún en tormentas. Tengo un roble centenario con quien comparto sangre, reverdeciendo por dentro con cada latido. Tengo noches con noctilucas en el cielo y estrellas en mi mar, el sol de un imperio andino en mis venas y mis martes que siempre deberían ser jueves. Tengo los cuatrocientos golpes y los treinta y nueve escalones de un séptimo arte, y mil canciones para besártelas en la península de nuestra cama. Tengo el tesoro para el rescate de Atahualpa, un Puente de los Suspiros para cruzarlo contigo y una cascada de flores amarillas sobre Macondo. Tengo los cajones de Dalí, las peras y manzanas de Cézanne y jazmines para tu pelo viendo las rosas de tu cara. Tengo una almohada que sueña lo que quiero. Tengo boleros en la boca para cruzar océanos. Tengo mis vocales besando la tuyas. Tengo a mi madre con la sazón del paraíso y a mi padre sumando doctorados. Tengo a mis hermanos, a quienes acompañaría hasta los mismísimos fuegos de Mordor si fuera necesario. Tengo la Rickenbacker de Harrison musicalizando la prosa en esta gris ciudad. Tengo en el corazón, tatuado con escarcha, un “Sólo Tuyo” que es sólo tuyo. Tengo el cóndor que siempre pasa. Tengo arpas iluminando mi interior con cada toque de cuerda. Tengo esta lluvia de primavera que se disfraza de otoño para invernar su verano. Tengo mis ojos que escriben las sensaciones de mi piel del sur. Tengo a los dioses apostando a las cartas en medio del vino. Tengo a Destino, juguetón hermano, siempre de mi lado.

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Published in: Sin categoría on 3 noviembre, 2011 at 23:01  Comentarios (1)  
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