Tengo historias que quieren vivir en papel, anillos de amor que acarician mi mano y una novia que me permite volar junto a ella cada día, aún en tormentas. Tengo un roble centenario con quien comparto sangre, reverdeciendo por dentro con cada latido. Tengo noches con noctilucas en el cielo y estrellas en mi mar, el sol de un imperio andino en mis venas y mis martes que siempre deberían ser jueves. Tengo los cuatrocientos golpes y los treinta y nueve escalones de un séptimo arte, y mil canciones para besártelas en la península de nuestra cama. Tengo el tesoro para el rescate de Atahualpa, un Puente de los Suspiros para cruzarlo contigo y una cascada de flores amarillas sobre Macondo. Tengo los cajones de Dalí, las peras y manzanas de Cézanne y jazmines para tu pelo viendo las rosas de tu cara. Tengo una almohada que sueña lo que quiero. Tengo boleros en la boca para cruzar océanos. Tengo mis vocales besando la tuyas. Tengo a mi madre con la sazón del paraíso y a mi padre sumando doctorados. Tengo a mis hermanos, a quienes acompañaría hasta los mismísimos fuegos de Mordor si fuera necesario. Tengo la Rickenbacker de Harrison musicalizando la prosa en esta gris ciudad. Tengo en el corazón, tatuado con escarcha, un “Sólo Tuyo” que es sólo tuyo. Tengo el cóndor que siempre pasa. Tengo arpas iluminando mi interior con cada toque de cuerda. Tengo esta lluvia de primavera que se disfraza de otoño para invernar su verano. Tengo mis ojos que escriben las sensaciones de mi piel del sur. Tengo a los dioses apostando a las cartas en medio del vino. Tengo a Destino, juguetón hermano, siempre de mi lado.
.









