La noche entró en puntitas de pie por la ventana, serenamente. Eran las horas finales del año y Aristóteles Tapasol prefería pasarlas sentado en su mesa acompañado por su té oriental que le calentaba los huesos. Durante aquella tarde, el encorvado pintor, que recién comenzaba a ser reconocido por su obra en los círculos adecuados, había terminado de pintar dos cuadros que fue creando a la misma vez, uno junto al otro. Desde el principio tuvo clara la idea de pintar a los dos personajes por separado, para más adelante juntarlos en un cuadro más grande, como si estuviera creando la historia de un encuentro. Lástima que esa tercera pintura jamás llegaría a realizarse, pues el corazón de Aristóteles Tapasol se encaprichó en querer sorprenderlo y anunciarle que sólo tenía ganas de latir hasta aquel momento, no más.
“La Funambulista” mostraba a una mujer vestida en rosa quieta en medio de una cuerda cuyo inicio y final no se incluía dentro de la pintura. Con sus brazos levantados a los lados, como formando una cruz al viento, tenía un pie delante y pegado al otro. La altura en la que se encontraba no estaba determinada, pero en un segundo plano, detrás de ella, se observaba toda una ciudad de techos de dos aguas, rojizos en su mayoría, que se extendían en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista (detalle que sería admirado en adelante por los entendidos en el asunto), y bajo un cielo color pera que se veía mínimamente en la parte superior. Cuando este cuadro quedó huérfano de autor, estuvo en el taller casi dos años, junto al otro, hasta que una tarde llegó el mejor amigo de Aristóteles Tapasol para llevárselo, al igual que otros cuadros más pequeños, a su casa. Este hombre, reo del alcohol y de unos dados bailando en su mano, apostó la pintura una década después, entregándola a regañadientes al dueño de un restaurante, quien colocó la imagen en la pared más vistosa de su local. Una noche de noviembre, un general del ejército nacional, amante del arte, reconoció el monograma con el cual firmaba Aristóteles Tapasol en el cuadro que colgaba detrás de la mesa donde estaba cenando. Luego, llegó a tener noches en las que no dormía pensando en “La Funambulista”, deseando tenerla en su colección de todas maneras. En aquellos delirios nocturnos planeó una propuesta para hacerle al dueño del restaurant, pero éste, al negarse regalar o vender la pintura, provocó que el general moviera influencias para embargar el restaurante por motivos nada claros, logrando hacerse dueño del cuadro. La mañana del día en que moriría, el enfermo general repartió sus bienes entre sus dos hijas, delegando que la menor de ellas recibiera “La Funambulista”, pues desde niña siempre estuvo encariñada con la imagen, al punto de haber aprendido a caminar sobre cortos tramos de cuerda a temprana edad.
Otro camino tuvo “El Colombófilo”. La imagen presentaba a un hombre sentado en el suelo rodeado de ciento veintitrés palomas perfectamente pintadas en detalles, y que cubrían toda la extensión del lienzo, sin dejar espacio en blanco; la pintura sólo estaba en dos colores: el verde olivo y el amarillo suave, que jugaban con la luz y con la sombra. Cuando el amigo de Aristóteles Tapasol entró al taller de éste luego de su muerte, se llevó muchas pinturas, pero dejó la del hombre y sus palomas. El cuadro estuvo allí casi un año, hasta que gente encargada de la ciudad recogió todas las demás pertenencias del pintor y las almacenó; durmió quieto en aquel lugar durante casi cincuenta años, hasta que el viento se lo llevó, literalmente. La ciudad conoció aquella vez al único tornado que se vio por esas tierras en toda su historia, haciendo que la pintura se elevara por los arremolinados aires hasta caer sobre una casa a media capital de distancia; finalmente fue recogida por un joven y albino historiador, quien se llevó el cuadro a su casa, reconociendo rápidamente la mano de Aristóteles Tapasol en sus formas y colores. Un par de años después, el profesor y escritor de historia universal conocería a una colega de la universidad donde enseñaba, la cual invitó una vez a conocer a “El Colombófilo” en su casa. Ambos se rieron por varios minutos cuando ella le confesó que también tenía una pintura del mismo artista en su hacienda. Los dos profesores se casaron al año siguiente, y los dos cuadros estuvieron bajo el mismo techo, pero en distintas habitaciones.
Así fue como el historiador de fantasmal apariencia bautizó a las pinturas como “La Funambulista” y “El Colombófilo”: nombres que inicialmente fueron utilizados únicamente para presentarlas a quienes querían conocerlas, y que luego se quedarían inscritas en la historia de tal manera. Fue su esposa quien lo convenció, al cumplir setenta y cinco años de casados, que era momento de donar las pinturas al museo nacional, lo cual se convirtió en un suceso cultural en el continente.
En un amplio ambiente lleno de luz, juntaron, por primera vez luego de más de cien años, los cuadros; y por vez primera también se encontraron cara a cara, lienzo a lienzo, conociéndose. Nunca se pudo cumplir el deseo de Aristóteles Tapasol de juntar los dos personajes en un mismo cuadro, pero al menos ambas pinturas estaban mirándose en el salón principal del museo, listos para vivir una nueva eternidad, a vista de todos.