Dentro de la oscuridad de piedra y tierra, la cueva de inmemorial vida los cobijaba. Pese a que sus rostros estaban separados por pocos centímetros, Él y Ella no lograban verse por lo espeso de la oscuridad; sólo sentían el calor en los susurros del otro y el exhalar de sus sollozos. Sentados en el suelo, y cayendo en la cuenta de las horas ya transcurridas, se cogieron las manos con fuerza, atenazando la esperanza, desnudos en la negrura y sintiendo las bofetadas del frío.
Cuando en la penumbra Él alucinó ver sus ojos de mujer fiera y Ella evocaba a ciegas su boca de hombre amante, sintieron en el aire el silbido de la amenaza invisible por el momento. Sabían dónde se ubicaba la salida, pero la misma también era entrada para la bestia.
Dejaron de soltar lágrimas en el preciso instante que caían algunas del cielo en una lluvia de sonido cortante; la cortina de agua en la entrada trajo consigo el primer gruñido de la bestia, algo ronco y sofocante. Ambos comenzaron a vivir el tiritar de los últimos momentos y se tocaron mutuamente los rostros, intentando retratar con sus manos las facciones del otro y tatuarlas en el recuerdo.
El gruñido se convertía en llegada inminente, y los dos supieron que de un momento a otro sentirían los calientes dientes de la bestia.

Increible relato, te mantiene en un suspenso que casi se puede vivir y sentir. Eres muy talentoso, espero seguirte leyendo. Un abrazo.