El jueves de cada día

Era jueves y lo sintió en el aire de su amanecer, como cada semana. La luz en diagonal que ingresaba a cruzar la habitación se colaba por el agujero nacido recientemente. El desperezo lo sacó de la cama que compartía con su madre, quien dejaba aún caliente su lado derecho. Como cada una de esas mañanas, encontró a los pies de la acartonada ventana la vasija con agua que la madre le dejaba antes de partir a una casa vecina, como todos los días, para hacer algo que él nunca preguntó ni tampoco sabría más adelante. Remojó sus manos como jugando y se llevó el completo despertar a su rostro de diez años, frente al espejo alguna vez encontrado cerca de la carretera. Improvisó una rápida batalla entre su cepillo para dientes y el de su madre, disputa interrumpida solamente por la voz de llegada de aquella señora de largas piernas y pequeña cabeza. La madre traía dentro de una bolsa plástica tres panes y una leche en polvo, de aquellas que en otras partes de la ciudad siquiera conocían.

Era jueves y Maicol sabía que su madre sabía que él sabía: en ese día su tarde sería distinta a las otras seis, como lo es desde hace casi un año, gracias a aquella muchacha española que obsequia emparedados y gaseosas a todos los niños del parque. Para esos minutos, ninguno de los dos sospechaba que la muchacha solamente se aparecería dos jueves más, para luego no dar señales de existencia.

Su madre lo ayudó a vestir y principalmente a colocarse, sobre la doble media en sus pies, las sandalias de verano que usaba en ese invierno; raya a un lado de sus cabellos, pantalón color viejo y los anteojos que la antigua esposa del alcalde tuvo a bien donar luego de conocer a la madre en una reunión vecinal. Ambos salieron de la casa y enterraron sus pies en la arena, mirando por sobre el muro del frente la plenitud de una ciudad que latía a las faldas del triste cerro. Demoraron un poco más de lo acostumbrado en bajar los escalones, pues había lloviznado por la noche y eso significaba que las calles mutaban en el lodazal acostumbrado. Pasaron por donde la señora Anita y escucharon desde afuera sus esfuerzos por tratar de callar a su nieto en tan tempranas horas; por donde Ivonne, viendo en la entrada a su perro inmortal comer las cosas que buenas manos habían tirado para él; por donde Pablo Hernán y el monociclo que consiguió salvar de mejores épocas; por donde Isaac y ser testigos de aquella mirada de esperanza que tenía en sus ojos al alba, la cual nunca más nadie vería.

Ambos se quedaron quietos y parados bajo el toldo que protegía a los vendedores de caldo de gallina mañanera, esperando la camioneta que los llevaría al centro a seguir vendiendo en la soledad de las aceras y el laberinto de asfalto. Se cogieron de las manos, listos para iniciar la rutina y ver las mismas luces del dios solar formar las siluetas de esta ciudad que los iba olvidando.

Published in: Sin categoría on 1 julio, 2010 at 14:21  Comentarios (8)  

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8 comentariosDeja un comentario

  1. Definitivamente, crearia un cuento para poder llenarlo de halagos mi buen amigo, es increible la forma que sus palabras, me hacen crear imagenes, y una vision soñadora de que esta escribiendo… Es agrdable comenzar los dias con tan buenas letras en tu ordenador… Saludos y un abrazo…

    @Molo_Atlas

  2. Abrazos, Alan. Un muy buen cuento corto, en el mismo perfil de uno con el que conocí tu talento hace aproximadamente cinco años. Espero que estos escritos encuentren ojos que sepan internarse en ellos. Espero más.

  3. me ha gustado tu redacción y la capacidad para describir un ambiente familiar de 2 personas, con tan pocas palabras; además la manera de poner en evidencia un escenario muy normal en la vida de cada uno de quienes la peleamos por sobrevivir en la ciudad. palabras escritas con sentimientos.
    Raúl (@periodista_PTV)

  4. Cada vez que entro a tu blog es una nueva y agradable sorpresa. Me llevas a un mundo de encanto y ensueño, con ese sello característico que solo tú sabes darle a tus narraciones. Gracias Alan por proporcionarnos regalos literarios.

  5. ✿Relato bastante conmovedor, con este me has puesto un nudo en la garganta maestro. Narrado de tal forma que es fácil imaginar las escenas crudas de la vida, de ésta vida a la que nos atamos como sanguijuelas! Mis respetos Alan, hermoso trabajo!Un abrazo! 桜

  6. Me has hecho sentir el sol de la ciudad y el frío de sus huesos. Tus historias transmiten desde más allá y llegan a hacerme ver detalles que escapan del contorno de las letras. Te felicito!

  7. Que bueno leerte de nuevo, me gustan las lineas y ese fluir que invita a no dejar de leer

  8. Me gusta mucho como describes todo con tan pocas palabras! un historia que visualmente dice mucho. Me alegra seguir leyéndote, un abrazo que sigan las historias!


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