¿Por qué regresar tras exactos veinticinco años?
Desde la cama del hotel imaginé el cúmulo de nubes que debían estar presentándose en sociedad para anunciar otra mañana de voluble llovizna. Un cielo gris soledad que contaba los días sobre quienes sobrevivían. Cuando llegué a la ciudad, tres días antes de esa mañana de lunes con aroma de mar, la menuda lluvia había golpeado vidas durante los últimos amaneceres; empapaba sus calles, pero no las limpiaba. Miré el tono pastel que tenía el techo y vino a mi mente la estampa aérea que observé a través de la ventanilla del avión que me trajo: una mole de tierra que bañaba su silueta en el océano, entre la neblina ancestral de julio y las luces que parpadeaban su costa. No sentí emoción especial al llegar, pero en esa mañana de inicio semanal, con Melina en el recuerdo, mi ciudad me dio su particular bienvenida.
Abrí el ventanal de octavo piso y vi finalmente las olas lejanas de mi mar ajeno. Un litoral con algunas almas caminantes a tan temprana hora; un lunes como cualquier otro que daba su ritual clásico de perezoso despertar. Ingresé al baño, y frente al espejo me saludé en voz alta, pero no recibí respuesta. Tras un rápido aseo, y vestirme con un buzo como para abrigadora caminata, me coloqué el reloj de pulsera que seguía detenido en la hora que aterricé. Cogí la tarjeta electrónica de la habitación y abrí la puerta de una manera danzante, tan lenta que permitió el ingreso en brisa del perfume de mujer que se adelantó al “hola” que luego vendría: figura de curvas que, con ojos violetas que resaltaban la mirada de amor maldito, levantaba toda su atención del cigarrillo que comenzaba a encender. Luego se paró erguida como para posar ante algún fotógrafo, bajó la mano con la cual fumaba, y me lanzó el humo en un suave murmullo de reto. Sólo le solté el apodo de cariño con el que la rebauticé casi treinta años hacia atrás; entró a la habitación con paso de desfile señorial y cerré la puerta. Ella se había sentado sobre la cama sin tender y yo quieto aún, en el mismo lugar, con la tarjeta electrónica dando vueltas entre mis dedos. “Volveeeerrr…”, me cantó en suave voz, con el humo saliendo de sus labios rosas, aquel tango que su pasado y el mío volvían a invocar esa mañana de lunes, en la habitación de un hotel recientemente inaugurado, sobre las sábanas que escucharon mis delirios de insomnio aquella noche, exactos veinticinco años después que partí de esta ciudad por querer alejarme de esa mujer a la que había rebautizado como NoMeOlvides: igual a una flor cuya forma y color, sinceramente, he olvidado.

Hermano, cada palabra es una viaje imaginario, sentir que cada palabra vive, y siente… Quiero felicitarte, enviarte un fuerte abrazo, por que siempre sorprendes con cuentos, o historias, que aperecen suenos… @Molo_Atlas
Largo escalofrío al imaginar la escena, el sentimiento y la tensión. Siempre provocativo con tus relatos Alan. Te envío saludos
Amores incompletos, tortuosos, lujuriosos, placenteros…difícilmente caen en el olvido. Felicitaciones Alan, excelente!
✿Wow, redactado de forma tan audaz que permite al lector imaginar perfectamente la escena, muy buen relato querido Alan, felicidades! Leerte es un manjar para mis ojos como siempre! Bravo!!! 桜
Impresionante relato, son los fantasmas que nos atan, de los cuales no podemos y no queremos eliminarlos de nuestra vida, tal vez porque al exterminarlos morimos un poco. Gracias Alan simplemente excelente!
Me ha encantado la historia. Felicidades!