Mora Risa.

Se miró frente al espejo y recordó, nuevamente, que a su lado faltaba el reflejo de ella. El siglo de su cuerpo vivía en un nuevo milenio sin habérselo propuesto, pero su corazón amante garabateaba tristeza de amor tinto. Realizó un ligero esfuerzo para imaginar la figura de ella parada sobre la misma alfombra, con la edad que tuviera de continuar aquí; al hacer este ejercicio del buen querer, le vino a sus labios el cosquilleo permanente de desear besar otra vez la delgada boca de ella.
Apoyándose en las paredes, se sentó al borde de la cama, asentando sus pies y pasándose la mano por los cabellos sobrevivientes de su cabeza; aquellos mismos cabellos que fueron encaneciendo acariciados por ella cada vez que despertaban juntos. Fijó su mirada sobre la mesa de noche, observando el frasco de cristal que siempre estuvo lleno de dulces cada vez que él entraba a la habitación y sentía reinar el perfume de rosa fresca que regalaba Mora. Otra vez le vino el eco de la risa de ella, idéntico al recuerdo  que vivía encerrado en lo cajones de su corazón, como cuando la conoció en aquel cine de barrio, donde ella cantaba los tangos de las primeras películas sonoras que llegaban a la ciudad, sin dejar de vender cigarrillos y comida a los asistentes, en su mayoría parejas de toda edad. Pedro era encargado de seguridad del turno nocturno en la cárcel que, por caprichos arquitectónicos, se ubicaba bajo el cine. Fueron varias las madrugadas en las que él escuchó a algunos de los presos hablar sobre la voz cantante y la risa refrescante de la muchacha que les lanzaba cigarrillos a medio terminar a través de los pocos agujeros que existían en el piso de madera del cine. Fue allí en donde escuchó su nombre en las distintas voces condenadas de aquellos pasadizos: Mora, convirtiéndose así en la primera vez que sus propios labios lo pronunciaban, iniciando un dulce andar que haría lo mismo por más de setenta años.
Acostándose en la cama, e intentando estirar correctamente las piernas para cubrirse con las sábanas, Pedro se quedó observando el techo color pastel de la habitación, y pensó sobre dónde estaría aquella alfombra hecha a mano que algunos de los presos le encargaron entregar, por favor, en las propias manos de Mora, en agradecimiento por esos placeres de canto y tabaco tras los barrotes. Pedro, capa negra y boina como parte del uniforme, subió un viernes, antes de la medianoche, para entregar el regalo a la chica de aspecto desconocido, así que tuvo que ingresar al cine y preguntar por ella. Un joven le pidió esperar en la entrada de la sala unos momentos, y mientras él se acomodaba delicadamente las medallitas que colgaban de su pecho, una risa se apoderó de la acústica de templo que había en el lugar. Una silueta menuda salía de la sala para quedarse de pie frente al policía de rostro colorado y nevioso. Ella misma le cogió la mano tiesa para forzar el saludo que él no pudo armar de tanto mirar esos ojos almendrados e inmensos que hablaban solos. Pedro, construyendo las frases poco a poco, le comentó la situación del regalo, de los presos, de los tangos, de los cigarrillos y de tantas cosas más, sin percatarse que casi una hora después seguían los dos parados en el mismo lugar.
La oscuridad ya se apodera de su habitación, y Pedro, abrigado también con una frazada, cayó en la cuenta que aquél momento fue también la primera vez que tocó la piel de ella; dedos delgados que se conocieron, sin imaginar que esas dos manos que se tocaron en la entrada del cine intercambiarían anillos eternos años después. Ahora ambos anillos los lleva puestos él en el anular de su mano derecha, mientras se va quedando dormido, rogando soñar con ella y pensando que extraña demasiado la mirada coqueta que tenían sus labios cuando reía con tanta libertad. Vivir tanta vida y vivirla sin ella lo sigue considerando una condena digna del amor.

(Para ustedes dos, cogidos de la mano eternamente.)
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Publicado en Sin categoría on 7 julio, 2011 at 21:50  Comentarios (5)  

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5 comentariosDeja un comentario

  1. Precioso, absolutamente precioso relato y más aún si es que conoces a tan maravillosa pareja.
    Gracias por compartirlo.

  2. Ayer me comentaron quetenias un blog. recien ingreso hoy y publicas una historia casi al mismo momento
    Fascinante cada una de las historias quevoy leyendo
    Prometo acabarme esta noche todos estos cuentos publicados por ti
    Pasaremos la voz para que aumente tu publico lector
    saludos
    Iván Medina.

  3. me encantó!! :) … es increíble como se llegan a formar lazos con alguien no? jejeje, agradezco que sigas compartiendo tus escritos, “siempre” tomaré tiempo para leerte (vale la pena).

    un cálido abrazo desde mi fría ciudad Tunja-Colombia
    Att: Mayra Méndez

  4. ✿Alan precioso, leerte es como flotar en una atmosfera llena de sensaciones diversas y viajar a mundos imaginarios, ahí donde los finales siempre son inesperados! Como siempre es una delicia leerte mi hermoso poeta! Excelente trabajo! 桜

  5. Que ricura leerte y lagrimear leyendote!! Bendita la suerte de Pedro y Mora de encontrarse y poder compartir ese sentimiento!! Y gracias, una vez más, por regalarnos tus bellos escritos ;D


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