La hija del arcoíris en el blanquinegro mundo mío.

Había una vez, al derecho y revés, un hombre que creó a pulso, sobre un mundo en blanco, un pueblo únicamente con la ayuda de su lápiz. Con el pasar del tiempo, campos, montes y animales hechos con trazos de grafito fueron apareciendo en este mundo a blanco y negro.
Pero una mañana, también monocromática, cogió el lápiz que siempre llevaba colgado en el cuello y formó las ondulantes líneas de un río entre los campos de pinos dibujados en recientes días anteriores. Se sentó bajo la sombra en carboncillo de uno de los árboles y trató de atrapar un ligero sueño, luego de comerse las manzanas que había dibujado con paciencia, hambre y cariño. Sus ojos se le cerraban en el momento exacto que dos pequeñas aves se posaban cerca de sus pies. Esta sería una escena común en su vida si no fuera porque una de las aves lo paralizó y maravilló al punto de sentir un sabor dulce en la boca, junto con una agradable curiosidad que lo estremeció. El hombre miró cómo el pájaro más pequeño tenía una tonalidad distinta, no era ni blanco ni negro; el hombre no sabía que lo que estaba viendo era un color llamado amarillo, pero sí sabía que alguna vez soñó con algo parecido. Ambas aves tomaron vuelo a la vez, y el hombre, aún dentro de su fascinación, logró escuchar una voz de brisa que venía desde los pinos más lejanos. Se levantó y apresuró el paso, siguiendo esa ruta imaginaria que le iba marcando aquel sonido hipnotizante. Llegó un momento en donde sintió el sonido más claro y fuerte, haciéndolo girar hacia su derecha para encontrarse con alguien  a quien él no hubiera podido dibujar tan perfecta ni con la mejor habilidad posible. Era una mujer que parecía suspenderse por sobre las líneas del campo, con cabellos que soltaban pequeñas luces y un vestido de flores que bailaban con sus movimientos. Oculto tras un árbol, el hombre observó cómo la mujer seguía cantando melodías mientras pintaba unas flores de gran tamaño con los lápices de colores que llevaba en todo su cinturón. Pero como ocurre en este tipo de historias, el corazón del hombre descubriría su capacidad de agitación cuando la mujer, sin aviso alguno, giró el rostro y le clavó la mirada y la sonrisa de picardía al hombre que parecía haberse petrificado tras el árbol. Segundos después, la mujer desaparecía en el aire, durante un parpadear, dejando a medio pintar una de aquellas flores.
El hombre regresó cabizbajo y pensativo a su cabaña de nueve ventanas, sin poder quitarse la imagen de la mujer, la cual intentó varias veces reproducir con su lápiz, sin lograrlo. Al día siguiente, descubrió el verde cuando caminaba por la ribera del río y se encontró a uno de los pinos resaltando del resto, con verdadera vida ahora que llevaba ese color en sus hojas. Otro día, en su permanente deseo de encontrarse nuevamente con la mujer, se cruzó con un caballo que latía todo su azul en cada tranco de su correr.
Una mañana de aquellas, el hombre despertó al sentir una sensación extraña sobre sus ojos; al abrirlos, se emocionó al ver que una luz fuerte y viva ingresaba a su cabaña por las ventanas. Abrió la puerta con rapidez y levantó su mirada al cielo, descubriendo un gran círculo amarillo, brillante, difícil de ver por varios segundos de manera fija y directa. Paseó la mirada por todo su rededor y fue testigo de cómo todo era mejor con esa luz. Hubiera seguido maravillándose ahí de pie, pero escuchó un canto que venía del interior de la cabaña; el hombre reconoció la melodía, con expectación y pasos cortos fue ingresando a su hogar. En uno de los rincones, la mujer con vestido de flores multicolores estaba sentada en una silla, con la misma sonrisa de travesura hecha. “Dibuja un espejo, para que puedas ver el color que le he puesto a tus cabellos mientras dormías“, dijo la mujer mientras miraba al hombre soltar una acariciable risa que mostraba sus dientes en alegría. Así ambos conocieron sus sonidos, sus colores y sus formas.
Desde aquel momento de mutuos descubrimientos, el hombre supo lo que quería para el resto de sus días: vivirlos al lado de esa traviesa princesa multicolor y verla pintar su mundo y su vida.

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(Porque dibujaré tu corona cada día, amor.)
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Publicado en Sin categoría on 2 octubre, 2011 at 15:48  Comentarios (4)  

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4 comentariosDeja un comentario

  1. e has pintado éste día gris en colores arco iris con tu adorable cuento, es bello descubrir poco a poco los colores de la vida y también los del amor. Simplemente me encantó la idea del hombre que dibuja en blanco y negro, muy ingeniosa la forma en como descubre los colores. Excelente trabajo como de costumbre mi poeta, gracias por compartir. Que la corona de tu amada te quede de ensueño! Besos y abrazos para los dos! 桜

  2. roso cuento que has entregado, Alan. Quienes te leemos nos hemos pintado este domingo con los colores de tu nuevo mundo de amor.
    Felicitaciones y a seguir escribiendo

    Ivan Medina

  3. :O! Es uno de los que más me ha gustado, enserio, esa imágen..ese comienzo..ese final de : “porque dibujaré tu corona cada día, amor” me dejó: :D , sencillamente uno debe leerte continuamente porque (me parece) cada escrito se enlaza con otro …. existe algo en común? ¿el azul es por algo especial? un abrazo fuerte”!!! y que sigas tus escritos de colores :)

    @sietesentidos

  4. Don sublime es el arte de escribir, de crear y a la vez plasmar perpetuamente pensamientos tan claros y precisos como la vida misma, historias rosas, o tal vez negras que salen de lo más intimo del ser humano. Gracias por siempre Alan por este suculento postre que lo paladeo letra por letra lo màs lento posible :)
    Teté


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