El bolero del onironauta.

como gata y mariposa

    “Como al soñarte que sueñas soñándome”, le escribieron a Caracas Buenaventura en una carta que nunca llegó a leer. Ella, en su diaria danza con el café de la mañana, ignoraba que dicha misiva era destruida por el propio autor minutos antes de llevarla a la oficina postal.

      Caracas Buenaventura, mujer tropical de inviernos lejanos, conoce de escaleras inclinadas a lo largo de su vida, logrando subirlas sabiendo que nunca las bajaría. Conoce de tormentas y granizos bajo su piel, creando su propia escala para los temblores que otros provocan. Inventa palabras cuando otras le quedan pequeñas para definir sus propios anhelos.

     “Que seas conmigo las noches de mis días”, continuaba la carta; el papel era color mostaza y soltaba el delicioso aroma del destino en pasión. Él eligió escribirla con un lápiz y con la caligrafía del reencuentro que nunca se dibujó.

      Ella salió de la ducha y se detuvo frente al espejo empañado, fijando su mirada en el lunar que se relaja por encima de su seno izquierdo, por donde sospecha que va su corazón. Si acaso alguno de sus latidos continuaban siendo para él, no quiso saberlo. Pero ese lunar sí lo fue.

     “Y con tu nombre completo el mío”. De esta manera él terminó de escribir la carta, decidiendo trazar su firma con la fineza que el buen atardecer suele prestarle al amor. Antes de doblar la hoja, paseó su mano por encima, como si intentara sentir la respiración de las palabras. Al cerrar el sobre, paciente en la esperanza, acompañó con susurros la voz de Toña La Negra que volaba desde el disco de vinilo que giraba con la armonía del buen aliento: “Ven acá”, cantaba la mexicana por los altavoces, como un eco en la geografía del corazón. Se levantó de la mesa extasiado, como si hubiera podido -por fin- escribir uno de los poemas que nunca supo realizar. Cerca de la puerta principal, listo para salir hacia la oficina postal, quedó mirándose en el gran espejo romboide que su propio abuelo diseñó; fue como si luego de haber estado hechizado, se le pasara el efecto y se sorprendiera verse aún enamorado en el reflejo. Posteriormente nunca supo explicarse su inesperada decisión, pero en aquel instante simplemente sacó la carta del bolsillo interior de su abrigo y la rompió. Los trozos de su amor en papel -y los reales también, tal vez- los dejó sobre la mesa, y luego puso nuevamente la canción, sintiendo cómo Toña La Negra confesaba desde el disco lo que él mismo sentía.

     Cerca de la puerta principal de su casa, y lista para ir al trabajo como cada mañana, Caracas Buenaventura quedó mirándose en el gran espejo circular que era testigo de sus días; fue como si luego de haber estado hechizada, se le pasara el efecto y se sorprendiera verse aún enamorada en el reflejo. Posteriormente siempre supo explicar con alegría su inesperada decisión, pero en aquel instante de jueves simplemente lanzó su bolso hacia el sofá y buscó en la cocina una libreta mientras ya había encontrado un bolígrafo; todo lo hacía apresuradamente pero decidida a escribirle una carta lo más pronto posible, después de tantos años, y sin saber que en aquel preciso momento él rompía una para ella.

Que te amen otros.

queteamen     

      Hay algo especial en ti que, si me pidieran describirlo, no sabría qué responder.

      Dama de hielo que no soportas la antipatía del frío en las estaciones que te silban; que prefieres los besos salados, como si vinieran de algún mar del norte; que coloreas tu coraza con las hábiles manos del corazón. Ojos de almendra hasta cuando te nombran, afirmando que sólo siendo reina pudiste crear aquella princesa.

    Que te amen otros, porque yo nunca quise hacerlo. Preferí consentirte con detalles azulados que olvidarías a los pocos minutos, perfumada en osadías. Elegí ver el pasado en tu frente, la cual no te gusta. Escuchaba las horas que querías ser escuchada en el reloj personal de tu desgano. Quería recordarte al final del día para descubrirte nuevamente a la noche siguiente, idéntica a como ayer.

    Ondúlate los cabellos como si no lo quisieras y con los pies desnudos en los alfombrados sueños que no escribes. Eres el único chocolate blanco y  amargo que he conocido, y a la cual sigo comparando con otras. Los días se suceden, sabiendo que conforme pasen las lunas hechas a mano, te irás alejando de mi memoria, con algún vestido que muestre la piel de tu espalda.          

        

Metaforearte.

pajarillos  Pienso en los descalzos sueños de tu mirada, caminantes entre las noches de tus amaneceres con el andar de quien ama.

     Rómpeme las olas con tus besos de alunada marea, en los hemisferios anhelantes de tu belleza: impávido corazón que esboza trópicos. Alza vuelo, coronándote con estrellas del sur como la reina del reino que reinas, musa fotógrafa de tus propios reflejos. Brilla tú, sol que curas con las manos, diosa del monte más Venus, por magia de arte; amante flor de letras, pisco y vuelos, hada verde que embriaga en azul un deseo.

   Ama como lees y besa como escribes, ave de regaliz, abrigándote del volcánico nevar de tus recuerdos. Piénsate como la gata de sombrero alado que disfruta estar en el tejado de mis quimeras. Que los vientos que te traen a mí se enamoren de ti, para acariciarnos como diptongo en albricias, sin hiato a la vista.

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Gran Vía de ti.

granvia

   Es la tercera madrugada de mayo, primavera estrellada que se ve a través de mi ventana, aquí en el octavo piso de este edificio con voz art déco sobre la Gran Vía. Con casi treinta días llevados en Madrid –y las intenciones de iniciar la escritura de mi primera novela-, admito que siento a cada hora el rugir de su corazón, más aún por las noches, como si Cibeles soltara a sus leones por las calles cada tanto.

   Hasta mi habitación llega el susurro de los plátanos de sombra, confesándose con el viento a lo largo de la ciudad. El perfume insomne de la nocturnidad que abraza el histórico granito del Edificio Carrión y sobrevuela las marquesinas durmientes, vistiéndose de brisa para alcanzar plazas y estaciones, perderse en los laberintos de Sabatini y llegar hasta ventanas como la mía. Es en esta habitación donde me siento cada madrugada, junto a la pequeña mesa de caoba y acompañado por la Olivetti Lettera, quien atenaza la hoja en donde improviso este relato.

   Hace algunas horas escuché en la radio, luego de varios siglos, la canción “Torre de Cristal”, de Fito Páez; acuso a la letra y melodía de haberme puesto en este estado de palpitación sentimental, en donde el rostro de Ella llega a mí con el gustillo del recuerdo en amor. Por eso que se me encaprichó el corazón y marqué su número telefónico; la desperté y su voz en sorpresas acarició la mía, después de tanto tiempo. Me reprochó que recién le comunicara que me encuentro en esta península, al igual que ella. Cinco minutos después, Ella decidió subir al tren de las 07:45 del amanecer para recorrer, durante dos horas y media, el sendero del sol y del sur que la traiga sin equipaje a Madrid.

   Me ha pedido que no la recoja en la estación de Puerta de Atocha: desea que nuestro reencuentro, luego de muchas lunas que nos distanciaron, sea cerca al Palacio de Cristal y teniendo a los castaños de Indias como florecientes testigos. Estoy seguro que después querrá caminar apoyada en mi brazo, viendo cómo la gente se acomoda al sábado e irnos a saludar a La Gloria y sus rebeldes pegasos de bronce. Andaremos por las aceras y se nos antojará ir hacia aquella taberna que suele preparar el bacalao perfecto y los bocadillos de calamares a punto; apuesto que le provocará pasar por donde la malhumorada andaluza que prepara polvorones durante todo el año. La tarde sonreirá y tomaremos el taxi que nos traiga a esta habitación, donde nos beberemos el deseo en nuestros cuerpos.

   Luego será otra vez madrugada, pero la diferencia es que tú estarás durmiendo en mi cama, horas antes de subir al tempranero tren que te lleve de regreso a tu hogar. Te veré desnuda/dormida, y me tomaré unos minutos para otear nuevamente el perfil de la ciudad a través de la ventana. Ganímedes seguirá montado en el lomo del Ave Fénix en lo alto de aquella cúpula, mientras la Victoria alada vigila la Gran Vía, escuchando el murmullo en mediana distancia del Manzanares. Después saldrá el sol para repicar las campanas enrejadas de la iglesia de San Martín y para iluminar la pica de Minerva sobre el CBA. Amanecerá la ciudad, lista para seguir respirando su horizonte de esperanza(s), sabiéndose capital, celosa y amante. Una ciudad a la cual hay que mirar a los ojos cuando se le enfrenta, ama o contradice. Madrid era una fiesta, y ahora es la gratísima y hermosa resaca de todo aquello.

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Susurro al oído, breve y nocturno.

susurro

  Elijo los besos secretos de la noche, francófonos en la locura del paso a paso dado con los años, midiendo labios. Decido regalarte un eclipse lunar en los universos de tu espalda, con el vestido de madrugada y en truenos; susurrarte “Lay Lady Lay”, de Dylan, al oído de tu corazón, con el estribillo en latidos de poemario. Y con las treinta y dos rosas tatuadas, y espinadas, que llevas en tu cintura, comernos el éxtasis sin dejar sobras; y no olvidarnos que a la luz de las sombras, las caricias de cualquier invierno siempre son primavera. Musa de melena solar, con el par del impar siempre en la boca y el trinar de las horas en tus vientos, dama de la lluvia en cariñitos. Dánzame más besos, pomme caramélisé. Rima tus ojos de hierba quieta, expertos en besar a duermevela, fluorescentes al gemido del candor que se aluna y, sabiéndote oportuna, coronarte como dueña de mi calma, mi amor y mi cama.

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Parlez-moi d’amour

pelirroja 

  La flor del sol que beso cada día tiene sus sinceros cabellos naranjas como pétalos al viento, los cuales se encienden en deseo cada vez que se los acaricio. Las pecas de su rostro me marcan las jugadas de su boca, en el ajedrez apasionado de nuestros besos, con sus manos arrinconándome hacia su lengua. Así, sin tregua.

   Ella extraña el Sena durante las cenas, mientras que a tempranas horas se escapa para cabalgar las olas de este mar del sur, subida en la tabla rosa que diseñó con el arte de su lucidez. Todas las revoluciones de su tierra las lleva heredadas en la sangre, haciéndome la guerra en el amor sobre las sábanas de lino anochecer. Y las uvas verdes de su mirada vuelven impresionistas los cuadros de la vida, pincelando con los colores de su voz cada rincón. Nos conocemos de memoria y nos descubrimos cada segundo, como dicta la razón del amar. Altiva y serena, manzana mordida del pecado, tangómana sin pudor que me desnuda las palabras con su acordeón.

  Hace diez años, en la génesis de nuestro beso que se reinventa, ella me enseñó los secretos de sus laberintos trilingües, los cuales se iluminan hasta el centro mismo de su locura. Princesa del sarcasmo con quien ahora reescribo nuestra historia a cuatro manos, en la segunda oportunidad que el desquicio del corazón se empeña en darnos.

   Ahora mismo mi dama transoceánica está durmiendo junto a mí y sobre sus cuatro almohadas, con el rostro de sabiduría aventurera y sus manos dibujando cada sueño, sabiendo que este escribidor se encuentra a su lado acompañándola, pero sin sospechar que dentro de algunos minutos leerá este escrito acerca de ella.

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Universos de cemento

voyeur

       Cada noche, azules visiones que me llevan a tenerlos enmarcados en varias historias que no salen de aquellos cuadros de metal y vidrio que los muestran. Los veo a lo lejos, separados por el asfalto y el aire de un tiempo en pausa.

     En las últimas horas del día, la muchacha de doble trenza se sienta a tejer en crochet, y en las recientes noches enreda sus dedos con hilos violetas en el octavo piso. El gordo de barba espesa remoja en agua caliente su fría personalidad, empañando el vidrio de su privacidad en la segunda ventana de la tercera planta. Pobre pareja de pintores principiantes que se pelean cada noche, lanzándose pinceles y agravios en el acústico rencor del dormitorio. En la azotea, diario concierto de armónica ofrece el viejo de piel canela a la luna que a veces se oculta de él. Ventana del extremo izquierdo y la señora de cano ondular en los cabellos coloca algún disco que le regrese el querer que la dejó hace casi un año: baila sola en la penumbra, con luz de farol nocturno ingresando entre sus cortinas blancas. La muchacha que sólo viste de verde; el joven que se desgañita escribiendo cartas bajo los efectos de la inspiración callejera; las gemelas que cocinan postres merengados, endulzando compañía; el hombre acodado en la mesa de su cocina mientras fuma sus recuerdos. Y una mujer con prismáticos que dirige su atención hacia mi propia vida.

    Cada noche, azules visiones que la llevan a tenerme enmarcado en sus prismáticos. Pero… ¿quién es esa mujer que me está mirando?

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