Que te amen otros.

queteamen     

      Hay algo especial en ti que, si me pidieran describirlo, no sabría qué responder.

      Dama de hielo que no soportas la antipatía del frío en las estaciones que te silban; que prefieres los besos salados, como si vinieran de algún mar del norte; que coloreas tu coraza con las hábiles manos del corazón. Ojos de almendra hasta cuando te nombran, afirmando que sólo siendo reina pudiste crear aquella princesa.

    Que te amen otros, porque yo nunca quise hacerlo. Preferí consentirte con detalles azulados que olvidarías a los pocos minutos, perfumada en osadías. Elegí ver el pasado en tu frente, la cual no te gusta. Escuchaba las horas que querías ser escuchada en el reloj personal de tu desgano. Quería recordarte al final del día para descubrirte nuevamente a la noche siguiente, idéntica a como ayer.

    Ondúlate los cabellos como si no lo quisieras y con los pies desnudos en los alfombrados sueños que no escribes. Eres el único chocolate blanco y  amargo que he conocido, y a la cual sigo comparando con otras. Los días se suceden, sabiendo que conforme pasen las lunas hechas a mano, te irás alejando de mi memoria, con algún vestido que muestre la piel de tu espalda.          

        

Metaforearte.

pajarillos  Pienso en los descalzos sueños de tu mirada, caminantes entre las noches de tus amaneceres con el andar de quien ama.

     Rómpeme las olas con tus besos de alunada marea, en los hemisferios anhelantes de tu belleza: impávido corazón que esboza trópicos. Alza vuelo, coronándote con estrellas del sur como la reina del reino que reinas, musa fotógrafa de tus propios reflejos. Brilla tú, sol que curas con las manos, diosa del monte más Venus, por magia de arte; amante flor de letras, pisco y vuelos, hada verde que embriaga en azul un deseo.

   Ama como lees y besa como escribes, ave de regaliz, abrigándote del volcánico nevar de tus recuerdos. Piénsate como la gata de sombrero alado que disfruta estar en el tejado de mis quimeras. Que los vientos que te traen a mí se enamoren de ti, para acariciarnos como diptongo en albricias, sin hiato a la vista.

.

Gran Vía de ti.

granvia

   Es la tercera madrugada de mayo, primavera estrellada que se ve a través de mi ventana, aquí en el octavo piso de este edificio con voz art déco sobre la Gran Vía. Con casi treinta días llevados en Madrid –y las intenciones de iniciar la escritura de mi primera novela-, admito que siento a cada hora el rugir de su corazón, más aún por las noches, como si Cibeles soltara a sus leones por las calles cada tanto.

   Hasta mi habitación llega el susurro de los plátanos de sombra, confesándose con el viento a lo largo de la ciudad. El perfume insomne de la nocturnidad que abraza el histórico granito del Edificio Carrión y sobrevuela las marquesinas durmientes, vistiéndose de brisa para alcanzar plazas y estaciones, perderse en los laberintos de Sabatini y llegar hasta ventanas como la mía. Es en esta habitación donde me siento cada madrugada, junto a la pequeña mesa de caoba y acompañado por la Olivetti Lettera, quien atenaza la hoja en donde improviso este relato.

   Hace algunas horas escuché en la radio, luego de varios siglos, la canción “Torre de Cristal”, de Fito Páez; acuso a la letra y melodía de haberme puesto en este estado de palpitación sentimental, en donde el rostro de Ella llega a mí con el gustillo del recuerdo en amor. Por eso que se me encaprichó el corazón y marqué su número telefónico; la desperté y su voz en sorpresas acarició la mía, después de tanto tiempo. Me reprochó que recién le comunicara que me encuentro en esta península, al igual que ella. Cinco minutos después, Ella decidió subir al tren de las 07:45 del amanecer para recorrer, durante dos horas y media, el sendero del sol y del sur que la traiga sin equipaje a Madrid.

   Me ha pedido que no la recoja en la estación de Puerta de Atocha: desea que nuestro reencuentro, luego de muchas lunas que nos distanciaron, sea cerca al Palacio de Cristal y teniendo a los castaños de Indias como florecientes testigos. Estoy seguro que después querrá caminar apoyada en mi brazo, viendo cómo la gente se acomoda al sábado e irnos a saludar a La Gloria y sus rebeldes pegasos de bronce. Andaremos por las aceras y se nos antojará ir hacia aquella taberna que suele preparar el bacalao perfecto y los bocadillos de calamares a punto; apuesto que le provocará pasar por donde la malhumorada andaluza que prepara polvorones durante todo el año. La tarde sonreirá y tomaremos el taxi que nos traiga a esta habitación, donde nos beberemos el deseo en nuestros cuerpos.

   Luego será otra vez madrugada, pero la diferencia es que tú estarás durmiendo en mi cama, horas antes de subir al tempranero tren que te lleve de regreso a tu hogar. Te veré desnuda/dormida, y me tomaré unos minutos para otear nuevamente el perfil de la ciudad a través de la ventana. Ganímedes seguirá montado en el lomo del Ave Fénix en lo alto de aquella cúpula, mientras la Victoria alada vigila la Gran Vía, escuchando el murmullo en mediana distancia del Manzanares. Después saldrá el sol para repicar las campanas enrejadas de la iglesia de San Martín y para iluminar la pica de Minerva sobre el CBA. Amanecerá la ciudad, lista para seguir respirando su horizonte de esperanza(s), sabiéndose capital, celosa y amante. Una ciudad a la cual hay que mirar a los ojos cuando se le enfrenta, ama o contradice. Madrid era una fiesta, y ahora es la gratísima y hermosa resaca de todo aquello.

.

Susurro al oído, breve y nocturno.

susurro

  Elijo los besos secretos de la noche, francófonos en la locura del paso a paso dado con los años, midiendo labios. Decido regalarte un eclipse lunar en los universos de tu espalda, con el vestido de madrugada y en truenos; susurrarte “Lay Lady Lay”, de Dylan, al oído de tu corazón, con el estribillo en latidos de poemario. Y con las treinta y dos rosas tatuadas, y espinadas, que llevas en tu cintura, comernos el éxtasis sin dejar sobras; y no olvidarnos que a la luz de las sombras, las caricias de cualquier invierno siempre son primavera. Musa de melena solar, con el par del impar siempre en la boca y el trinar de las horas en tus vientos, dama de la lluvia en cariñitos. Dánzame más besos, pomme caramélisé. Rima tus ojos de hierba quieta, expertos en besar a duermevela, fluorescentes al gemido del candor que se aluna y, sabiéndote oportuna, coronarte como dueña de mi calma, mi amor y mi cama.

.

Parlez-moi d’amour

pelirroja 

  La flor del sol que beso cada día tiene sus sinceros cabellos naranjas como pétalos al viento, los cuales se encienden en deseo cada vez que se los acaricio. Las pecas de su rostro me marcan las jugadas de su boca, en el ajedrez apasionado de nuestros besos, con sus manos arrinconándome hacia su lengua. Así, sin tregua.

   Ella extraña el Sena durante las cenas, mientras que a tempranas horas se escapa para cabalgar las olas de este mar del sur, subida en la tabla rosa que diseñó con el arte de su lucidez. Todas las revoluciones de su tierra las lleva heredadas en la sangre, haciéndome la guerra en el amor sobre las sábanas de lino anochecer. Y las uvas verdes de su mirada vuelven impresionistas los cuadros de la vida, pincelando con los colores de su voz cada rincón. Nos conocemos de memoria y nos descubrimos cada segundo, como dicta la razón del amar. Altiva y serena, manzana mordida del pecado, tangómana sin pudor que me desnuda las palabras con su acordeón.

  Hace diez años, en la génesis de nuestro beso que se reinventa, ella me enseñó los secretos de sus laberintos trilingües, los cuales se iluminan hasta el centro mismo de su locura. Princesa del sarcasmo con quien ahora reescribo nuestra historia a cuatro manos, en la segunda oportunidad que el desquicio del corazón se empeña en darnos.

   Ahora mismo mi dama transoceánica está durmiendo junto a mí y sobre sus cuatro almohadas, con el rostro de sabiduría aventurera y sus manos dibujando cada sueño, sabiendo que este escribidor se encuentra a su lado acompañándola, pero sin sospechar que dentro de algunos minutos leerá este escrito acerca de ella.

.

Universos de cemento

voyeur

       Cada noche, azules visiones que me llevan a tenerlos enmarcados en varias historias que no salen de aquellos cuadros de metal y vidrio que los muestran. Los veo a lo lejos, separados por el asfalto y el aire de un tiempo en pausa.

     En las últimas horas del día, la muchacha de doble trenza se sienta a tejer en crochet, y en las recientes noches enreda sus dedos con hilos violetas en el octavo piso. El gordo de barba espesa remoja en agua caliente su fría personalidad, empañando el vidrio de su privacidad en la segunda ventana de la tercera planta. Pobre pareja de pintores principiantes que se pelean cada noche, lanzándose pinceles y agravios en el acústico rencor del dormitorio. En la azotea, diario concierto de armónica ofrece el viejo de piel canela a la luna que a veces se oculta de él. Ventana del extremo izquierdo y la señora de cano ondular en los cabellos coloca algún disco que le regrese el querer que la dejó hace casi un año: baila sola en la penumbra, con luz de farol nocturno ingresando entre sus cortinas blancas. La muchacha que sólo viste de verde; el joven que se desgañita escribiendo cartas bajo los efectos de la inspiración callejera; las gemelas que cocinan postres merengados, endulzando compañía; el hombre acodado en la mesa de su cocina mientras fuma sus recuerdos. Y una mujer con prismáticos que dirige su atención hacia mi propia vida.

    Cada noche, azules visiones que la llevan a tenerme enmarcado en sus prismáticos. Pero… ¿quién es esa mujer que me está mirando?

.

Los dulces días (y noches) de Londres Bellaluz.

besochoclate

  Quizás predestinada caprichosamente por la vida, Londres Bellaluz lleva el color del chocolate en sus ojos. Desde niña supo que lo suyo serían los hechizos del cacao, en el más dulce de los sentidos.

   En la octava hora de aquel día, ella despertó, como cada mañana, a la vez que su novio,  lista para realizar sus pasiones en el transcurrir de las horas, mientras que él se preparaba para ir a su trabajo de oficina. Se turnaron el uso de la ducha, aunque muchas veces la utilizan juntos, y luego se desperezaron por completo con el café negro, mientras se vestían y se besaban. Ella cogió su bolso junto con el estuche acolchado de su violín, y bajó a la chocolatería que se encuentra en el primer piso, negocio del cual es dueña, artista y creadora.

   La chocolatería, que fue creciendo con el tiempo, mantiene en todo momento el agradable perfume de bienvenida, como bien se lo definían algunos clientes. Al llegar, Londres Bellaluz siempre encuentra a sus ayudantes ordenando todo para iniciar la jornada. Urpi e Irina son las gemelas que la apoyan en la atención al público, abrir y cerrar el local y la limpieza final. En la cocina, reino absoluto de Londres, es asistida por doña Isabella: una mujer que sabe más por diabla chocolatera que por vieja, como le gusta sentenciarse.

   Momento de ordenar los bombones y demás caprichos en sus lugares perfectamente acondicionados; y ver que el chocolate caliente vaya tomando cuerpo para ser bebido junto a los churros que doña Isabella prepara en las primeras horas del amanecer, apenas las gemelas abren el local. Transcurren los minutos y Londres esparce otro chocolate en masa ardiente sobre la fría mesa de granito blanco para temperarlo; luego sus manos jugarán con las pecanas, almendras y frutillas que rellenarán decenas de delicias, pequeñas tentaciones de sabor. Alinear los cubanitos como batallón de manjar, viendo que las trufas más inquietas se rebelen en agridulces sensaciones. Besos de pisco bañados en chocolate blanco, guiños de maracuyá y lúcuma, ron acaramelado en desvaríos de cacao, menta abrazada al bitter más bitter, con una pequeña explosión ácida al terminar su paso por la boca. Londres Bellaluz se permite, cada tanto, pasear por el local y la cocina con el violín, interpretando melodías conocidas para el oído común, principalmente boleros; muchos de los clientes, acostumbrados a esto, siempre terminan aplaudiéndola, posiblemente adivinando que ella lo hace más por pasión musical y relajación espiritual, que por cuestiones comerciales. Luego de tomarse un buen tiempo para verificar números y cuentas siempre a vigilar en todo negocio, marca una sonrisa al darse cuenta que podría ser el momento indicado para extender la chocolatería. Pasado el mediodía, su novio siempre se escapa de la oficina para compartir tiempo con ella: almuerzan juntos y luego, si alcanzan los minutos, realizan a cuatro manos alguna tanda de bombones. Luego lo despide con un beso embadurnado en chocolate. Ya en la noche podrán comerse mutuamente a labio entregado y apasionado.

   Momento del divino chocolate amore mio y del toffee que desea acompañarlo; giandujas amistadas con el mazapán por los colores que comparten; praliné para lenguas que gustan de alborotarse con las estaciones de cada mordida; la fama del ganaché en aquellas trufas del exótico chocolate amazónico que, sin proponérselo, era el único lugar que las hacía en toda la ciudad. En horas de la tarde, Londres Bellaluz recibe a un pequeñísimo grupo de personas para dictar un taller de chocolatería en la parte posterior del local, lo cual sucede tres veces por semana. Aquellas reuniones terminan cuando empieza el cielo de la noche a mostrarse, revisando que muchas cosas de la jornada continúen en orden, confiándoles a las gemelas el resto. Aquel día le tocaba sus clases semanales de música, por lo cual –violín en mano- se fue caminando por calles tan estrechas como la memoria de esta ciudad. El violín es otro placer para ella, dejándose llevar el alma por las cuerdas tensas y las melodías que brotan en lloviznas desde sus sentimientos. Al acabar la sesión, pasaron a recogerla dos de sus mejores amigas para ir a beber algo en el bar ubicado cerca a la plaza principal, con todas esas imitaciones de cuadros impresionistas colgados hasta en el techo.

   En las últimas horas de esa noche, regresó a su loft sobre la chocolatería y abrió la puerta principal de metal con sus llaves amarradas con pabilo rojo; al ingresar, el interior estaba iluminado únicamente por la lámpara que está junto a la cama, al fondo del departamento, mostrando a su novio recostado entre las sábanas. Mientras ella se iba acercando, dejó el estuche del violín en el suelo, su bolso en el sofá y liberó la pañoleta con la que recogía su cabello. Llegó a los pies de la cama y vio cómo él interrumpía su relectura de “Travesuras de la niña mala” para levantar su rostro y entregarle una mirada de sonrisa. “Buenas noches, reina chocolatera”, dijo él, con la voz íntima que confiesa deseo, amor, y rendición. Londres Bellaluz le disparó un coqueto beso alado y, abriéndose la blusa, giró hacia el tocadiscos; con el torso desnudo –que mostraba su esbelta figura de mármol- cogió el disco de vinilo de Bloodstone, para reproducir directamente la primera canción del lado B: “Natural High”.

   La música aumentaba los latidos emocionados y dirigía a Londres Bellaluz hacia la cama, nuevamente. Se retiró la larga falda, despojándose a la vez de toda ropa interior, quedándose desnuda, en la absoluta palidez de su piel. Subió a la cama y se puso de pie sobre las sábanas; le mostró a su novio tres bombones en envolturas plateadas de diferentes colores, haciendo malabarismo con ellos, como acto de circo. Las cuatro voces de Bloodstone continuaban cantando y ella se sentó sobre la cintura de él, encajando perfectamente. Abrió uno de los bombones, lo paseó lúdicamente por sus senos y lo puso en sus propios labios, cogiéndolo delicadamente, para luego llevarlo a la boca de él.

   Al besarse, ella le mordió el labio, excitándolo un tanto más, entregándose ambos –otra vez- a los regocijos de la noche.

.